*E lucevan le stelle, Vissi d'arte, vissi d'amore, Tre sbirri... Una carozza... Presto - Te Deum.
  En "DESCARGAS VI" la obra.

AGOSTO...

ÓPERA EN TRES ACTOS: TOSCA

Ópera en tres actos: Tosca


n biógrafo de Puccini, Giuseppe Adami, asegura haber hallado el “primer germen” de Tosca en una esquela dirigida por el compositor a su editor Giulio Ricordi, durante el proceso creativo de La Bohème. Decía dicha misiva: “Al toque de mediodía, hoy, Elvira (la mujer del maestro) y yo partiremos hacia Florencia, donde esta noche representan La Tosca”. En aquel momento realizaba una extensa tournée por Italia, al frente de su compañía, la celebérrima Sarah Bernhardt, y Puccini no quería perderse tan feliz oportunidad. Sin embargo, abandonó la sala teatral desilusionado y contrariado. Tosca no le había gustado y sin la menor sospecha de que algún día se vería obligado a contradecirse decidió abandonar de plano la idea vagamente acariciada de llegar a convertir en ópera el siniestro drama de Sardou. Se lo dijo a Luigi Illica, que había esbozado un libreto, y se lo repitió a Ricordi, al finalizar la lectura de aquél.

Pasó el tiempo, y no obstante la primitiva y persistente aversión, su pensamiento tornaba una y otra vez a la desechada Tosca. Al reflexionar, se veía precisado a admitir que el asunto contenía algunos elementos que estaban lejos de disgustarle. Muy al contrario. Y tornó a Illica para decirle que habiendo vuelto a pensar en el tema, le daba la razón cuando le aseguraba que con el libro de Tosca podía llegar a escribirse una buena ópera.

Mas al punto surgió un obstáculo al parecer insuperable. A raíz del rechazo de Puccini, Ricordi había ofrecido el libro al compositor Alberto Franchetti, quien al punto accediera a ponerle música. Desilusión y apenas contenido furor de Puccini, y cálidas promesas de ayuda por parte de Illica. Juntos estudiaron un plan —no muy leal por cierto— para inducir a Franchetti a abandonar ese “pésimo asunto” de La Tosca. Y lograron pleno éxito, al parecer sin mucha fatiga, acaso porque en realidad el propósito de Franchetti no era todavía muy firme que digamos. El libreto retornó así, y esta vez para siempre, al triunfante Puccini.

La definitiva y habilísima labor de Illica había logrado condensar los cinco actos y seis cuadros de Sardou en tres únicos actos. Giacosa trabajó especialmente en la forma literaria del texto final.

En Chiatri, un villorrio situado entre Viareggio y Lucca, donde se había trasladado con toda la familia, Puccini comenzó al punto la composición de Tosca, terminada en septiembre de 1899, después de una interrupción impuesta por la necesidad de encontrarse en París, para poner en claro ciertos detalles de la adaptación operística, con Victorien Sardou. La última etapa del trabajo musical se cumplió en la residencia definitiva de Torre del Lago.

Con todo no fueron pocas las dificultades que fue preciso ir superando hasta el día de la primera representación. Por lo pronto, Giacosa escribía sus versos con la consabida y, para Puccini, exasperante lentitud; Sardou hubiese querido (sin mostrarse, a la verdad, demasiado insistente) que Tosca, al arrojarse desde lo alto del Castel Sant'Angelo luego de la muerte de Cavaradossi, hubiese caído —ni más ni menos— en las mismísimas aguas del Tíber, que en la realidad geográfica corren en diferente dirección; por último, cuando Ricordi tuvo el manuscrito en su poder, escribió a Puccini una extensa carta para expresarle la desilusión experimentada al leer el tercer acto, que consideraba equivocado de uno a otro extremo del spartito. Mas Puccini se defendió, y no quiso ceder. Como si todo ello no bastara, habiéndose trasladado a Roma para asistir a los ensayos, Ricordi puso a los críticos en un peligroso arranque, de patitas en la calle, y aquéllos amenazaron vengarse, coincidiendo tales augurios con las represalias que por simple rivalidad de facción, prometía también una belicosa cohorte de admiradores de Mascagni. Mas los obstáculos no impidieron a la ópera lograr su bautismo de fuego sin que se operaran tales represalias. La noche del 14 de enero de 1900, Tosca, quinta de las diez óperas (considerando el Trittico como una simple unidad) escritas por Puccini fue por fin representada en el Teatro Costanzi de Roma. Dirigió el espectáculo el célebre Leopoldo Mugnone y fueron intérpretes principales tres de los cantantes más aplaudidos de aquel tiempo: Hericlée Darclée (Floria Tosca), el tenor De Marchi (Mario) y Eugenio Giraldoni (Scarpia).

No fue un gran éxito, mas tampoco pudo considerarse un fracaso. Hoy se diría un succés d'estime recibido con cierta estupefacción, ya que por tratarse de una ópera de Puccini, ofrecía aspectos de una pretendida diversidad que sorprendían y disgustaban a los más.

Para determinar el desfavorable cotejo nada habían influido por cierto las dos primeras óperas del maestro —Le Villi y Edgar— ya entonces punto menos que olvidadas o ignoradas por la mayoría del público, y tampoco pudo incidir el recuerdo de Manon Lescaud, primera gran afirmación “pucciniana” porque aún siendo “distinta” en cuanto a temperatura “canora” e ímpetu “verístico” (aunque menos violento y acaso más sentido), presentaba con Tosca ciertas analogías.

Era pues una sola ópera la que había suministrado el field para el cotejo a la sazón desfavorable para Tosca. La sola mención del título bastará para comprender las razones: La Bohème. La cual, salta a la vista, vive en una muy diferente atmósfera tanto moral como psicológica y por supuesto musical (de donde se infiere una substancial diferenciación negada entonces a Puccini) y posee por lo tanto ritmo y medida muy diversos como era obvio que ocurriese.

La reacción contra la historia y la leyenda del melodrama ottocentesco por parte de la considerada “joven escuela italiana” a la cual pertenecía Puccini, se manifestó esencialmente por dos vías: la contemporaneidad de los temas y un verismo sin cortapisas, capaz de afirmar las exigencias de una vitalidad segura y hasta prepotente. A esta “poética” tampoco se sustrae por cierto La Bohème, aunque aparezca aderezada, conforme era natural, con otro criterio, para arribar así a otros resultados. Toques amables y delicados, un tono cordial y moderadamente humano. Pequeñas existencias de almas humildes, con modestos aunque límpidos ideales. Un ritmo infalible, un equilibrio constante, sostenido por geniales hallazgos que no trascienden del horizonte crepuscular. Un personaje en fin, Mimí, acaso el más popular de todos los creados por Puccini, que es por cierto el más frágil y esencialmente “pucciniano” de sus personajes femeninos (en cuyo sentido tal vez pueda comparársele únicamente el de Liu, de su ópera póstuma Turandot.

A este idilio burgués (en el mejor sentido de la palabra) opone Puccini el drama histórico de Tosca, trazado, además, con fuertes tintas. A los episodios de la diaria existencia de los simpáticos “bohemios” parisinos, siempre de la cuarta al pértigo, los históricos incidentes de la fugaz República Romana, en un mundo de personajes poderosos y corruptos, uno de los cuales quedará presto convertido en símbolo de la crueldad policíaca (el barón Scarpia, a quien los libretistas no ahorran por cierto los bajos calificativos), una temperamental cantante capaz de amar con auténtica desesperación (Floria Tosca), un artista, revolucionario y conspirador a ratos (Mario). La música de Puccini no hubiera logrado modificar el cañamazo de Sardou en sus esenciales características de gran guignol, sino, antes bien, conferirle una mayor potencia dramática, liberándolo de las más excesivas dilaciones del ritmo escénico que abundaban demasiado en el libro original. Como así ocurrió en la realidad de la ópera definitiva.

Mas eso no bastaba entonces para impedir que llegara a afirmarse que Puccini había seguido una línea equivocada que después del felicísimo acierto de La Bohème, había escogido un tema ajeno a su naturaleza de artista (y al decir tal, olvidaban por cierto el carácter asimismo pseudo histórico del primer gran triunfo de Puccini, logrado con Manon), dejándose seducir por la perspectiva de un éxito fácil.

Hoy está claro para nosotros que el “realismo” dramático de Tosca, el violento relieve de sus personajes, el tono general de la ópera constituyen un aspecto fundamental del conjunto del teatro “pucciniano”, en el cual se alternan el idilio con el dolor, en un clima escénico donde se funden de continuo la vena lírica y el “momento” dramático. Y Tosca es por cierto el ejemplo más impetuoso y aparente de esto último.

No pueden admitirse dudas acerca de la intuición teatral de aquel que puede sin la menor hesitación definirse como el último genuino músico teatral del arte italiano. Es más; la teatralidad de los elementos es de tal modo acentuada que hubiese llegado a ser hasta peligrosa para el éxito, de no estar sostenida por una invención melódica tan rica como robusta.

Tosca, y en modo especial la protagonista, siempre se nos aparece como sumergida en un clima asaz fabuloso o, por lo menos, alejado de la realidad evidente. Su fascinación, su presencia constante —hasta cuando no se la ve en la escena— parecen eludir una caracterización precisa. Los celos, el temor, el dolor, la determinación última de salvarse con el amante, hablan un lenguaje muy claro, y preciso a la vez que distante, como de mito poético.

Scarpia posee un relieve deliberadamente “pesante”, rico empero en sutiles matices psicológicos. Mario Cavaradossi, oscilando entre el ideal del arte en una casi “dannunziana” contemplación, el amor por Tosca y el odio por la tiranía, presenta las generosas incertidumbres de su carácter, expresadas con la mayor riqueza melódica de toda la ópera. Y es genial, sin duda, la articulación que ésta revela en todo momento, como no podía ser más feliz la ambientación de episodios y personajes. Baste recordar, a este propósito, el ejemplo del Te Deum y el comienzo del tercer acto, sugestiva pincelada paisajística este último. Todos los personajes, aun los menos importantes (como el del Sacristán, que es todo un capolavoro) han sido fijados por la mano del músico con la mayor seguridad de trazo. En cuanto al atuendo instrumental es tan sencillo y equilibrado como siempre, presto a incorporar todas las sabias conquistas expresivas de entonces más reciente data. Y está presente, además, esa armonía, inconfundiblemente “pucciniana” melodía, que también en Tosca es el alma del canto, y sobre el canto, a manera de cabal identificación melódica, Puccini basó como siempre su teatro con una intuición que bien podemos calificar de infalible.

 

                                                                                    Giuseppe Pugliese

Resumen argumental

Primer acto

En el interior de la Iglesia de San Andrés del Valle

La acción de esta ópera transcurre en Roma, durante junio de 1800. Y se inicia en el interior de la Iglesia de Sant'Andrea della Valle. Un hombre cuyos gestos revelan gran inquietud y en cuyo atuendo se manifiesta considerable descuido, acaba de irrumpir en la desierta nave. Es Angelotti, un importante prisionero político, que acababa de fugarse del Castillo del Santo Angel. Oculta en la base de la columna que sostiene la imagen de la Madonna, su hermana le ha dejado una llave con la cual podrá franquear la reja de la capilla familiar de los Attavanti —que se ve a la derecha del espectador— donde hallará los elementos necesarios para disfrazarse y completar su fuga iniciada al parecer con auspicioso éxito.

Apoyado contra el muro opuesto de la nave se levanta una suerte de andamio, sobre el cual advertimos un caballete de pintor, cubierto por una tela que oculta a las miradas del estado actual de su trabajo. El sacristán, un hombrecillo bullicioso y dinámico entra gruñendo, lo que en él parece costumbre, contra el exceso de tareas que le impone su ministerio. Se sorprende al advertir que el pintor no ha llegado todavía y observa de paso que aún están intactas las provisiones contenidas en la cesta de la merienda destinada a aquél. Es la hora del Angelus; el sacristán se arrodilla para pronunciar las palabras del ritual y aún no ha terminado cuando el pintor, Mario Cavaradossi, regresa dispuesto a reanudar sus tareas. Descorre el lienzo que recubre la tela inconclusa, donde está cobrando forma la figura de una María Magdalena con ojos azules y blondos cabellos. Para pintarla se ha servido de un modelo inesperado: cierta joven que durante los últimos días vino a orar con frecuencia al pie de la Madonna.

A punto de reanudar su trabajo, Mario compara con la imagen de su Magdalena, la efigie que representa la miniatura de un medallón que lleva consigo: es la faz de Tosca, la diva del momento en la escena lírica romana, hermosa y apasionada mujer cuyos ojos son tan negros como el azabache de sus cabellos. El contraste entre las respectivas bellezas de la morena amante y la blonda modelo desconocida, inspira a Cavaradossi una íntima reflexión, que bien poco tarda en asumir la forma de un bellísimo arioso, Recondita Armonia.

Cuando el sacristán abandona la nave del templo, sale Angelotti de su escondite. Tras un primer sobresalto al descubrir la figura del pintor, éste concluye por reconocer a su entrañable amigo, a quien saluda jubilosamente como “el Cónsul de la extinta república romana”. Mario ofrece al instante su ayuda al líder patriota, mas como a ambos los apremia una inesperada contingencia —el arribo de Tosca, quien no poco sorprendida por hallar la puerta cerrada, llama con creciente urgencia a su amante— éste apenas si tiene tiempo para acercarle la cesta de provisiones al famélico Angelotti, que vuelve a ocultarse en la capilla.

El rumor de las voces que no se le ha escapado del todo, y la fertilidad propia de su celosa imaginación, le hacen suponer a Tosca que Mario está allí con otra mujer. No sin esfuerzo consigue el joven persuadirla de lo contrario y tras de calmarla, ambos convienen en encontrarse esa noche en la villa que Cavaradossi posee en las afueras, tan pronto como la diva haya terminado su actuación en el teatro del Palacio Farnese, residencia romana de la Reina.

Libre el campo por segunda vez, reaparece Angelotti. Mario le sugiere buscar refugio en su villa, donde nadie pensará buscarle y donde en caso de peligro podrá ocultarse con la más absoluta seguridad en una cámara secreta a la cual se llega únicamente descendiendo por la cuerda del pozo abierto en el jardín. Angelotti le anuncia que su hermana, la marquesa Attavanti (a quien Cavaradossi identifica entonces con la bella joven cuya faz ha retratado) dejó para él un disfraz femenino, en el que no falta siquiera un velo y un abanico, oculto bajo el altar de la capilla familiar. Esta vez, la agitada conversación es interrumpida por el fragor de un cañonazo. La fuga ha sido descubierta. Ambos hombres escapan juntos rumbo a la Villa de Mario.

El estampido atrae al sacristán de retorno a la nave. Para él, el cañonazo confirma la esperada nueva de que el joven militar que comanda las tropas francesas, el odiado Bonaparte, ha sido derrotado al fin por las tropas aliadas. Clérigos, monaguillos, alumnos y cantores de la capilla de San Andrés acuden a su llamado, pero el júbilo colectivo debe cesar bruscamente al entrar Scarpia. La acción desemboca así en la fase decisiva del primer acto. El sacristán se entera por Scarpia que un importante prisionero ha buscado refugio en la iglesia al huir del Castel Sant'Angelo. Spoletta, hombre de confianza del barón, efectúa un rápido registro. La puerta de la capilla Attavanti está misteriosamente abierta. Scarpia retorna de su interior con un rastro impensado: un abanico en el cual reconoce el emblema familiar de los Attavanti. Y son las facciones de la marquesa las que reproduce el retrato que el pintor ha dejado descubierto al partir precipitadamente. Es evidente que la hermana del ex prisionero y la modelo del pintor son una misma persona. Para completar el cuadro el temido jefe de policía se informa al punto de la identidad del pintor (“¡Cavaradossi! ¡El amante de Tosca! ¡Un sospechoso!”) y de que el cesto de provisiones, intacto hasta momentos antes, según el atemorizado sacristán, está ahora vacío.

En este punto de la acción retorna Floria Tosca, forzada a alterar sus planes nocturnos, y ansiosa por informar cuanto antes a su amado. Scarpia inicia al instante su cerco psicológico. Luego de cumplimentarla con aire melífluo por su reconocida piedad, enciende sus sospechas con la exhibición del abanico, que dice haber hallado sobre la plataforma del artista, y que se convierte así en la prueba de la infidelidad de Mario. Yago de nuevo cuño, Scarpia logra hábilmente lo que se propone: Tosca es pronto presa de coléricos celos y Spoletta recibe orden de seguirla adonde quiera que vaya. Scarpia descuenta que por su intermedio descubrirán la pista del pintor, y a través de éste será fácil llegar a Angelotti. El acto marcha con celeridad hacia su fin. La iglesia se llena de fieles que concurren al Te Deum; mas Scarpia sigue ocupando el centro de la escena, y de la intriga, puesto que sobre el fondo de la música litúrgica, su voz pregusta el sabor de una doble victoria: la conquista de Tosca y la perdición de su amante. Tan tortuosos pensamientos no le impedirán arrodillarse para orar, mientras cae rápidamente el telón.


Tosca. Benoît Jacquot (Director).
Tre sbirri... Una carozza... Presto'' - Te Deum.
Ruggero Raimondi (Scarpia).

Segundo acto

El despacho de Scarpia en el Palacio Farnese

Scarpia cena frugalmente en su despacho. Una ventana se abre al gran salón inferior donde la reina de Nápoles ofrece una recepción en cuyo transcurso actuará la diva Floria Tosca, atractivo principal de la velada. Scarpia se muestra sumamente irritable, careciendo hasta el momento de noticias acerca de la cacería de sus prófugos. Se decide por fin a llamar a Tosca a quien envía una nota por intermedio de Sciarrone. “Vendrá —murmura— por amor a su Mario”.

Apenas ha salido el mensajero cuando regresa Spoletta. Angelotti no pudo ser hallado, pero los esbirros traen en cambio a Cavaradossi. Mario soporta con valor el apremiante interrogatorio, negando vehemente todas las acusaciones y presunciones de Scarpia. Tosca llega en ese momento y Mario alcanza a prevenirla en breve aparte para que se cuide de revelar nada de cuanto sabe. A una orden del barón trasladan a Cavaradossi a la contigua cámara de torturas. Y con Spoletta montando guardia en la puerta de comunicación, Scarpia reanuda el sedio de Tosca. Ante sus negativas el astuto y cruel barón le revela lo que está ocurriendo en el aposento vecino. Ella, empero, se mantiene firme, aunque los gritos de dolor que Cavaradossi no puede contener concluyen por destrozarle los nervios. Agotada ya por la prolongada angustia, la desdichada revela al inquisidor el paradero de Angelotti.

Cesada la tortura, Mario regresa, semidesvanecido, sostenido en vilo por los esbirros. Tosca trata de confortarlo y le asegura no haber dicho nada, pero la orden que el siniestro Scarpia imparte al punto en voz alta revela a Mario que el secreto ha sido traicionado por su amante, a la que maldice.

Mas Sciarrone llega a su vez con gran urgencia para informar a su jefe que Bonaparte, lejos de caer vencido, ha sido una vez más el vencedor. Mario exulta de alegría ante la nueva y predice con arrogancia el próximo fin de los déspotas que a Italia tienen esclavizada. La respuesta de Scarpia se reduce a anunciarle que el cadalso le aguarda (“Va! moribondo, il capestro t'aspetta...”). Scarpia ve llegado el momento de estrechar aun más el cerco, y recuerda cínicamente a Tosca que aún puede, si lo desea, salvar a Mario. ¿El precio? Apenas el sacrificio de la honra. Tosca reacciona con violencia: odio y asco; es todo cuanto siente por él. Scarpia, enardecido, la persigue alrededor del aposento. Un redoble de tambores interrumpe la repugnante persecución: Mario está llegando al lugar donde será ajusticiado dentro de una hora. Es en este momento cuando la diva canta su memorable lamento “Vissi d'arte”, doliente protesta por tan injusto castigo al cabo de una existencia dedicada al arte, a la música, a la piedad y a la generosidad.

Su batalla con Scarpia debe culminar en seguida. Spoletta regresa para informar a su jefe que Angelotti ha preferido el suicidio a entregarse con vida. Trae como testimonio del fin del patriota el puñal con que éste se eliminó. Tosca comprende que todo está perdido a menos que opte por el sacrificio que le exige aquel monstruo y asiente con un gesto cuyo sentido no escapa al malvado barón. Éste procede ahora a preparar la escena para el último paso de su aborrecible perfidia. Le explica que Mario no puede ser públicamente perdonado; será preciso pasar por un simulacro de ejecución. Como testimonio de su buena fe instruye a Spoletta: “Como hicimos con el conde Palmieri, ¿has comprendido?” Y Spoletta, que comprende demasiado bien, se retira para hacer ejecutar las presuntas órdenes. Antes de entregarse a las efusiones del sátiro, Tosca reclama todavía una última condición: Scarpia deberá extenderle ahora mismo un salvoconducto para que ella y su amante puedan salir libremente del Estado. Él accede, y mientras está absorbido en la tarea de extender dicho documento, la mano de Tosca, que se ha aproximado vacilante a la mesa para humedecer sus labios resecos con una gota de vino, tropieza con el puñal de Angelotti. Se apodera ansiosamente de él y lo mantiene oculto mientras Scarpia avanza apasionadamente hacia la codiciada mujer, en tren de reclamar su recompensa. Encuentra en cambio la afilada punta del puñal que Tosca le sepulta ferozmente en el pecho.

Scarpia se desploma herido de muerte barbotando una maldición. Unos instantes después su alma habrá abandonado ya el cuerpo, casi tan repelente como ella. Tosca se enjuaga las manos con el agua que contiene una botella, borrando los rastros de sangre. Frente al espejo recompone su tocado con trágica serenidad y de improviso recuerda el salvoconducto, que debe arrancar a la mano crispada del odiado cadáver. Todo parece concluido. “¡Ante él temblaba Roma entera!” exclama, y cuando va a salir de la estancia vuelve a detenerse, para encender dos candelas en la llama del candelabro que alumbró la trágica escena, y que deposita en seguida a ambos lados del cadáver. Por último, deja caer sobre el pecho exánime del extinto enemigo, un crucifijo descubierto sobre un mueble, y extendiendo una postrera mirada sobre la macabra escena se desliza fuera del aposento.


Tosca. Benoît Jacquot (Director).
Vissi d'arte, vissi d'amore.
Angela Gheorghiu (Tosca).

Tercer acto

En una terraza del Castillo del Santo Angel

Allí va a ser ejecutado Cavaradossi. El infortunado patriota formula a su carcelero un último ruego: que le conceda permiso —y el necesario recado— para escribir un adiós a la mujer que ama. Apenas ha escrito unas líneas; el recuerdo de Tosca lo agobia impulsándolo a entonar su nostálgico, al cabo dramático, adiós a la vida (E lucevan le stelle). Al concluir, abrumado por el dolor hunde su cabeza en el hueco de las manos. Así es como lo halla Tosca al llegar, instantes después, con la nerviosa alegría de un ángel libertador. Sin poder articular aún una sola palabra, ella le muestra el salvoconducto que obtuvo de Scarpia. Luego le cuenta la historia de todo lo ocurrido desde que Mario fuera llevado por los esbirros. Conmovido, Cavaradossi celebra su audacia y el coraje en una tierna arietta, O dolci mani, hasta que caen uno en brazos del otro en un rapto de felicidad ante la perspectiva de una liberación inminente.

Vuelto a la realidad, Tosca le explica la treta de la ejecución simulada, y recomendándole representar bien su parte hasta que se hayan marchado los soldados. “Como la Tosca en el teatro”, le asegura sonriente al amado al ir al encuentro del pelotón de fusilamiento. Suena la descarga, y Cavaradossi se desploma con espléndida naturalidad... muerto. “Ecco un artista!” —exclama Tosca, a quien no le resta sino esperar que Spoletta y los soldados hayan dejado desierta la terraza que iluminan ya los primeros fulgores del amanecer. Al advertir con alarma la prolongada inmovilidad de Mario, la mujer se aproxima con horrible presentimiento y al descubrir que ya no es más que un cadáver deja escapar un grito de horror, seguido por desesperados sollozos. El feroz Scarpia se ha vengado después de muerto.

Un rumor de voces anticipa el inminente regreso de Spoletta y los guardias. El asesinato del jefe de la policía romana ha sido ya descubierto. “Tendrás que pagar bien cara su vida” —grita el esbirro—. Tosca le responde: “Con la mía!” Y corriendo hasta el borde del parapeto se arroja al vacío.

Acercándose hasta el muro, los soldados contemplan sobrecogidos el espectáculo. Spoletta permanece en cambio pálido y desconcertado, mientras el telón cae rápidamente.


Tosca. Benoît Jacquot (Director).
Come è lunga l'attesta! - Presto, su! Mario!.
Roberto Alagna (Mario Cavaradossi), Angela Gheorghiu (Tosca).

Texto en español e italiano.

 Personajes  

 

MARIO CAVARADOSSI                              Pintor                                                          Tenor

FLORA TOSCA                           Cantante, Amante de Mario                                       Soprano

EL BARÓN SCARPIA                            Jefe de Policía                                                Barítono

CÉSAR ANGELOTTI                         Cónsul Republicano                                                  Bajo

SPOLETTA                                                Policía                                                          Tenor

SCIARRONE                                             Policía                                                            Bajo

SACRISTÁN                             Sacristán de San Andrea del Valle                                Barítono

 

La acción se desarrolla en Roma, a principios del siglo XIX

ACTO PRIMERO

 

(La iglesia de San Andrés del Valle.

A la derecha, la capilla Attavanti.

A la izquierda, un andamio y, sobre

él, un gran cuadro cubierto por una

tela. Útiles varios de pintor. Una

cesta. Entra Angelotti con heridas,

temblando de miedo, casi corriendo.

Echa una rápida ojeada al entorno)

 

Escena Primera

 

ANGELOTTI

¡Ah! ¡Por fin! Aturdido de miedo,

veía policías en todas partes.

 

(Vuelve a mirar atentamente a su

alrededor, con más calma, para

reconocer el lugar Suspira con

alivio, al ver el pilar con la pila

del agua bendita y a la Virgen)

 

La pila...., el pilar....

"Al pie de la Señora"

me escribió mi hermana...

 

(Se acerca. Busca, a los pies de

la Virgen y, de ahí, retira con un

sofocado grito de alegría, una llave)

 

¡Aquí está la llave!...

¡Y, ahí, la capilla!

 

(Con gran precaución, abre

la cancela de la capilla Attavanti,

entra, vuelve a cerrar y

desaparece.)

 

Escena Segunda

 

EL SACRISTÁN

(va de aquí para allá tratando de

poner orden en la iglesia; lleva,

ntre las manos, un manojo de

pinceles. Habla en voz alta, como si

estuviese hablando con alguien)

¡Siempre lavando!

Cada pincel de éstos está más sucio

que la camisa de un pícaro.

Señor pintor.. ¡Caray!

 

(mira hacia el andamio, donde está el

cuadro y, viéndolo desierto, exclama,

sorprendido)

 

¡No hay nadie!...

Habría jurado que había vuelto

el caballero Cavaradossi.

 

(deja los pinceles, sube al andamio,

mira el interior de la cesta y, dice)

 

No; me equivoco:

la cesta esta intacta.

 

(Desciende del andamio. Suena el Ángelus.

El sacristán se arrodilla y reza, en voz

baja)

 

Angelus Domini nuntiavit Mariae,

et concepit de Spiritu Sancto.

Ecce ancilla Domini;

Fiat mihi secundum verbum tuum.;

Et Verbum caro factum est

Et habitavit in nobis...

 

Escena Tercera

 

CAVARADOSSI

(Entra por la puerta lateral

y ve al sacristán de rodillas)

¿Qué estás haciendo?

 

EL SACRISTÁN

(Levantándose)

Rezando el Ángelus.

 

(Cavaradossi sube por el andamio

y descubre el cuadro. Es una María

Magdalena con grandes ojos azules

y de preciosos cabellos dorados. El

pintor lo observa atentamente. El

sacristán, volviéndose hacia él, ve

el cuadro, descubierto, y profiere un

grito, maravillado)

 

EL SACRISTÁN

¡Santos cálices!

¡Su retrato!

 

CAVARADOSSI

(Volviéndose hacia el sacristán)

¿De quién?

 

EL SACRISTÁN

De aquella desconocida

que a rezar aquí venia....

 

(Con actitud afectada dirige la vista

a la Señora, de la que Angelotti

ha sacado la llave)

 

...tan devota... tan pía.

 

CAVARADOSSI

(Sonriendo)

Es cierto. Y era tan

ferviente en su rezo

que yo pinté, sin que me viera,

su bello semblante.

 

EL SACRISTÁN

(Para sí, escandalizado)

¡Fuera, Satanás! ¡Fuera!

 

CAVARADOSSI

(Al sacristán)

¡Dame los colores!

 

(El sacristán lo sigue. Cavaradossi

pinta con rapidez y, a menudo, se

detiene a remirar el propio trabajo;

el sacristán, va y viene, llevando una

palangana dentro de la cual sigue

lavando las pinceles. De repente,

Cavaradossi deja de pintar, se saca

del bolsillo un medallón que contiene

una miniatura y, sus ojos, empiezan a

ir del medallón, al cuadro)

 

¡Recóndita armonía

en bellezas diversas!

Es morena Flora,

la ardiente amante mía...

 

EL SACRISTÁN

(A media voz, refunfuñando)

¡Ríete con el diablo

y deja en paz a los santos...!

 

(Se aleja para coger agua

con el fin de limpiar los pinceles)

 

CAVARADOSSI

Y tú, beldad ignota,

coronada por rubios cabellos...

¡Tú, con tus ojos azules

y, Tosca, de ojos negros!

 

EL SACRISTÁN

(Volviendo del fondo y siempre

escandalizado)

¡Ríete con el diablo

y deja en paz a los santos...!

 

(Continúa lavando los pinceles)

 

CAVARADOSSI

El arte, en su misterio,

las diversas bellezas,

mezcla y confunde

mas, en el retrato de ella,

mi único pensamiento, eres tú,

¡Tosca: eres tú!

 

(Continúa pintando)

 

EL SACRISTÁN

(Para sí, en un aparte)

Estos colores que pretenden rivalizar

con los de la Señora

echan un hedor de infierno.

 

(Seca los pinceles lavados,

continúa refunfuñando)

 

¡Bromea con el diablo

y deja en paz a los santos...!

¡Pero, con esos perros ateos

enemigos del santísimo Gobierno,

no hay que meter baza!...

 

(Coloca la palangana bajo el

andamio y los pinceles en un

vaso, cerca del pintor)

 

¡Ríete con el diablo

y deja en paz a los santos...!

 

(mirando a Cavaradossi)

 

¡Son todos unos irreverentes!

Hagamos, la señal de la cruz.

 

(A Cavaradossi)

 

Excelencia, ¿me voy?

 

CAVARADOSSI

¡Haz lo que quieras!

 

(Sigue pintando)

 

EL SACRISTÁN

(Indicando la cesta)

Llena esta la cesta...

¿Está haciendo penitencia?

 

CAVARADOSSI

No tengo hambre.

 

EL SACRISTÁN

(Irónico, frotándose las manos)

¡Cuánto lo lamento...!

 

(No puede contener un gesto de

alegría y una mirada ávida hacia el

cesto, que coge, y lo aparta un poco.

Después se pone a fumar tabaco)

 

Cierre cuando se vaya

 

CAVARADOSSI

(Pintando)

¡Vete!

 

EL SACRISTÁN

¡Me voy!

 

(se aleja por el fondo. Cavaradossi,

de espaldas a la capilla trabaja.

Angelotti, creyendo la iglesia vacía,

aparece por detrás de la cancela e

introduce a llave, para abrir)

 

Escena Cuarta

 

CAVARADOSSI

(al ruido de la cerradura, se vuelve)

¡Hay gente ahí dentro...!

 

(al movimiento que ha hecho

Cavaradossi, Angelotti, aterrado,

intenta refugiarse de nuevo en la

capilla pero, al levantar la vista,

ahoga un grito de alegría en su

pecho. Ha reconocido al pintor y

le extiende los brazos como a una

ayuda inesperada)

 

ANGELOTTI

¿Vos? ¡Cavaradossi!

¡Os manda el mismo Dios!

 

(Cavaradossi no reconoce a Angelotti

y permanece atónito en el andamio.

Angelotti se aproxima a él para que

pueda reconocerlo)

 

¿No me reconocéis?

 

(Con tristeza)

 

¡Tanto me ha cambiado la cárcel...!

 

CAVARADOSSI

(Mira fijamente a Angelotti y, al fin,

lo reconoce. Deja enseguida los

pinceles, baja del andamio y va

hacia Angelotti, mirando alrededor)

¡Angelotti! ¡El cónsul

de la extinta república romana!

 

(Corre a cerrar la puerta)

 

ANGELOTTI

(Con misterio. Andando al

encuentro de Cavaradossi)

¡Acabo de huir

del Castillo de Sant' Angelo...!

 

CAVARADOSSI

(Generosamente)

¡Contad conmigo!

 

VOZ DE TOSCA

(Desde fuera)

¡Mario!

 

(A la voz de Tosca, Cavaradossi hace

un gesto a Angelotti para que guarde

silencio)

 

CAVARADOSSI

¡Escondeos! Es una mujer celosa.

En un instante me desharé de ella.

 

VOZ DE TOSCA

¡Mario!

 

CAVARADOSSI

(Hacia la puerta desde donde

esta viniendo la voz)

¡Estoy aquí!

 

ANGELOTTI

(Afectado por la debilidad,

se apoya en el andamio y dice

dolorosamente)

¡Estoy al limite de mis fuerzas;

ya no puedo más...!

 

CAVARADOSSI

(Rápido, sube al andamio y

baja con la cesta y se la da

a Angelotti)

¡En esta cesta hay comida y vino!

 

ANGELOTTI

¡Gracias!

 

CAVARADOSSI

(Animando a Angelotti, lo empuja

hacia la capilla)

¡Rápido!

 

(Angelotti entra en la capilla)

 

Escena Quinta

 

VOZ DE TOSCA

(aún fuera, llamando impaciente)

¡Mario! ¡Mario! ¡Mario!

 

CAVARADOSSI

(Fingiendo calma, abre a Tosca)

¡Estoy aquí!

 

TOSCA

(Entra con violencia, aleja

bruscamente a Cavaradossi que

quiere abrazarla, y mira, suspicaz,

a su alrededor)

¿Por qué esta cerrado?

 

CAVARADOSSI

(Con simulada indiferencia)

Lo quiere el sacristán...

 

TOSCA

¿Con quién hablabas?

 

CAVARADOSSI

¡Contigo!

 

TOSCA

¡Otras cosas murmurabas...

¿Dónde está...?

 

CAVARADOSSI

¿Quién?

 

TOSCA

¡Con ella...! ¡Esa mujer!

He oído sus pasos inquietos

y el murmullo de sus ropas...

 

CAVARADOSSI

¡Estás soñando!

 

TOSCA

¿Vas a negarlo?

 

CAVARADOSSI

(En ademán de besarla)

¡Lo niego y te amo!

 

TOSCA

(En un dulce reproche)

¡Oh! Ante la Señora...

¡No, Mario mío!

Deja que antes le rece,

y que le ponga flores...

 

(se acerca a la Señora, coloca las

flores que le ha traído, se arrodilla y

reza con devoción, luego se santigua

y se levanta. A continuación le dice a

Cavaradossi, que se había preparado

para reiniciar el trabajo)

 

Ahora escúchame: esta noche canto,

aunque será breve...

Espérame a la salida del escenario

y nos vamos solos, a tu casa, solitos.

 

CAVARADOSSI

(ensimismado)

¿Esta noche?

 

TOSCA

Es luna llena

y el aroma de las flores, por la noche,

embriaga el corazón.

¿No estás contento?

 

(Va a sentarse sobre un peldaño,

junto a Cavaradossi)

 

CAVARADOSSI

(Todavía un poco distraído)

¡Mucho!

 

TOSCA

(Herida por ese acento)

¡Dímelo otra vez!

 

CAVARADOSSI

¡Mucho!

 

TOSCA

(Impaciente)

Lo dices con desgana.

¿No suspiras por nuestra casita que,

oculta en el bosque, nos espera?

Nuestro nido sagrado,

desconocido de todos,

lleno de amor y de misterio

¡A tu lado sentir,

bajo las silenciosas estrellas,

oír, el murmullo de la Naturaleza!

De los bosques, de los robles,

de las secas hierbas,

desde lo profundo

de las tumbas antiguas,

llega el aroma del tomillo.

La noche esconde murmullos

de minúsculos amores

y de pérfidos consejos

que enternecen los corazones.

Inmensos campos floridos: ¡palpitad!

¡Derrama voluptuosidad,

bóveda estrellada!

¡Arde en Tosca un amor loco!

 

(Reclinando la cabeza sobre

el hombro de Cavaradossi)

 

CAVARADOSSI

(vencido pero alerta)

¡Abrázame, sirena mía...!

 

(Mira hacia la puerta por

donde ha salido Angelotti)

 

TOSCA

¡Arde en la sangre de Tosca

un loco amor!

 

CAVARADOSSI

¡Sirena mía, iré!

Pero ahora, déjame trabajar.

 

TOSCA

(sorprendida)

¿Me echas?

 

CAVARADOSSI

Urge la obra, ya lo sabes.

 

TOSCA

(Impaciente, levantándose)

¡Me voy! ¡Ya me voy!

 

(Se aleja un poco, después se vuelve

para mirarlo, alza los ojos y ve el

cuadro. Muy agitada vuelve hacia

Cavaradossi)

 

¿Quién esa mujer rubia de ahí arriba?

 

CAVARADOSSI

(con calma)

La Magdalena. ¿te gusta?

 

TOSCA

¡Muy bella!

 

CAVARADOSSI

(Riendo e inclinándose)

¡Precioso elogio!

 

TOSCA

(Suspicaz)

¿Te estás riendo?

Esos ojos celestes los he visto antes...

 

CAVARADOSSI

(Con indiferencia)

¡Hay tantos por el mundo...!

 

TOSCA

(Intentando recordar)

Espera,... espera...

 

(Sube al andamio. Triunfante)

 

¡Es la Attavanti!

 

CAVARADOSSI

(Riendo)

¡Muy bien!

 

TOSCA

(Ciega de celos)

¿La estás viendo? ¡Te ama!

¿La amas tú?

 

(Sollozando)

 

¿Tú la amas...?

 

CAVARADOSSI

(procura calmarla)

Ha sido mera casualidad...

 

TOSCA

(Sin escucharlo, celosa)

Esos pasos y ese murmullo...

¡Ah!... ¡Aquí estaba ahora mismo!

 

CAVARADOSSI

¡Ven aquí!

 

TOSCA

¡Ah, la pícara!

 

(Amenazadora)

 

¡A mí! ¡A mí!

 

CAVARADOSSI

(Serio)

La vi ayer, pero fue pura casualidad...

A rezar viene aquí...

No ha visto que la he retratado.

 

TOSCA

¡Júralo!

 

CAVARADOSSI

(serio)

¡Lo juro!

 

TOSCA

(Aún con los ojos vueltos al cuadro)

¡Cuán fijamente me esta mirando!

 

CAVARADOSSI

(La empuja suavemente para

descender de las gradas. Tosca

baja de espaldas dándole la mano

a Cavaradossi, sin apartar la

mirada del cuadro, al que Mario

da la espalda)

¡Ven aquí!

 

TOSCA

De mí, sardónica, se ríe.

 

CAVARADOSSI

¡Tonterías!

 

(La atrae, mirándola fijamente)

 

TOSCA

(Insistente)

¡Ah, esos ojos...!

 

CAVARADOSSI

¿Qué ojos pueden compararse

a tus ardientes ojos negros?

Es en ellos donde mi ser se mira.

¡Ojos de tierno amor, de ira fieros...!

¿Qué ojos pueden compararse

a tus ojos negros...?

 

TOSCA

(Vencida, apoyando la cabeza en el

hombro de Cavaradossi)

¡Oh! ¡Cuán bien conoces

el arte de hacerte amar!

 

(Todavía insistiendo en su idea,

maliciosamente)

 

Pero... ¡píntale los ojos negros!

 

CAVARADOSSI

(Con ternura)

¡Celosa mía!

 

TOSCA

Si, lo siento; te atormento sin cesar.

 

CAVARADOSSI

¡Celosa mía!

 

TOSCA

¡Cierta estoy del perdón

si comprendes mi dolor!

 

CAVARADOSSI

¡Mi Tosca idolatrada!

¡Todo en ti me complace!

¡Tu ira audaz

y tu estremecimiento de amor!

 

TOSCA

Dime otra vez

la palabra que consuela...

¡Dímela otra vez!

 

CAVARADOSSI

Vida mía, amante inquieta,

te diré siempre: "Flora, ¡te amo!"

Ah, serena tu alma,

pues te diré siempre: "¡Te amo!"

 

TOSCA

(Desasiéndose)

¡Dios mío! ¡Cuántos pecados!

¡Me tienes toda despeinada!

 

CAVARADOSSI

¡Ahora, ve, déjame solo...1

 

TOSCA

Hasta tarde estarás aquí, trabajando.

Prometeme que, casualidad o suerte,

morena o rubia,

¡a rezar no vendrá mujer ninguna!

 

CAVARADOSSI

¡Te lo juro, mi amor! ¡Ve!

 

TOSCA

¡Cuánto me apremias!

 

CAVARADOSSI

(Con dulce reproche, viendo

despuntar, de nuevo, los celos)

¿Otra vez?

 

TOSCA

(Cayendo en sus brazos y

ofreciéndole su mejilla)

No... perdona...

 

CAVARADOSSI

(Jocoso)

¿Ante la Señora?

 

TOSCA

(Señalando a la Señora)

¡Es tan buena...!

 

(Lo besa y se apresura a salir, pero

mirando todavía el cuadro, le

dice con malicia:)

 

Pero... ¡píntale los ojos negros!

 

(Tosca, sale corriendo.)

 

Escena sexta

 

(En cuanto ella se ha marchado,

Cavaradossi, con precaución, abre

la puerta y mira hacia afuera.

Viéndolo todo tranquilo, corre o

la capilla. Angelotti aparece, de

pronto, detrás de la cancela)

 

CAVARADOSSI

(Abriendo la cancela a Angelotti,

que naturalmente, ha debido de oír

el diálogo anterior)

Es buena mi Tosca, pero creyente,

a su confesor nada le oculta;

por eso, me he callado.

Es lo más prudente.

 

ANGELOTTI

¿Estamos solos?

 

CAVARADOSSI

Sí. ¿Cuál es vuestro plan...?

 

ANGELOTTI

Según los acontecimientos,

huir o permanecer escondido en Roma...

Mi hermana...

 

CAVARADOSSI

¿La Attavanti?

 

ANGELOTTI

Sí... Ha escondido ropas de mujer ahí,

bajo el altar:

falda, velo, abanico...

 

(Mira alrededor con miedo)

 

Apenas anochezca

me lo pondré todo...

 

CAVARADOSSI

¡Ahora comprendo!

Ese hacer circunspecto,

y el fervor en el rezo

en una mujer tan joven y tan bella

me habían hecho sospechar

de un amor oculto...

¡Ahora comprendo!

¡Era amor de hermana!

 

ANGELOTTI

¡Ella todo lo ha arriesgado

para sustraerme a Scarpia, el canalla!

 

CAVARADOSSI

¿Scarpia?

¡Ese beato sátiro que explota

con prácticas devotas

su lujuria libertina,

y se vale de su lascivo talento

 

(Con fuerza creciente)

 

para hacer de confesor y verdugo...!

¡Aunque me cueste la vida, os salvaré!

Mas esperar a la noche es poco seguro

 

ANGELOTTI

¡Temo la luz del día...!

 

CAVARADOSSI

(Señalando)

La capilla da a un huerto mal cerrado;

luego hay un cañaveral que lleva

a través del campo a una villa mía.

 

ANGELOTTI

La conozco...

 

CAVARADOSSI

Aquí está la llave...

antes de la noche me reuniré con vos.

Llevaos las ropas de mujer

 

ANGELOTTI

(recoge las ropas, escondidas por su

hermana, desde debajo del altar)

¿Me las pongo?

 

CAVARADOSSI

No hace falta; el camino está libre...

 

ANGELOTTI

(A punto de salir)

¡Adiós!

 

CAVARADOSSI

(Corriendo hacia Angelotti)

En caso de peligro,

id al pozo del jardín.

¡El agua está en el fondo pero,

hacia la mitad del descenso,

hay un pequeño pasaje

que lleva a un antro oscuro,

refugio impenetrable y seguro...!

 

(se oye un cañonazo; ambos se

miran, muy nerviosos)

 

ANGELOTTI

¡El cañón del castillo!

 

CAVARADOSSI

¡Han descubierto la fuga!

¡Ahora, Scarpia suelta a sus esbirros!

 

ANGELOTTI

¡Adiós!

 

CAVARADOSSI

(Con súbita resolución)

Iré con vos. ¡Estaremos alerta!

 

ANGELOTTI

¡Oigo a alguien!

 

CAVARADOSSI

(Con entusiasmo)

¡Si nos atacan lucharemos!

 

(Salen rápidamente de la capilla.)

 

Escena Séptima

 

EL SACRISTÁN

(Entra corriendo gritando)

¡Gran júbilo, excelencia...!

 

(mira hacia el andamio y se queda

sorprendido por no encontrar,

tampoco esta vez, al pintor)

 

¡Ya no está! ¡Qué decepción!

¡El que reza por quien no cree,

se gana una indulgencia!

 

(Acuden, de todas partes, clérigos,

alumnos y cantores de la capilla.

Entran todos tumultuosamente)

 

¡Aquí, todos los del coro!

¡Rápido...!

 

(otros diáconos entran, más tarde y,

al fin, se agrupan todos)

 

LOS ALUMNOS

(Con máxima confusión)

¿Dónde?

 

EL SACRISTÁN

(Empujando a algunos clérigos)

A la sacristía.

 

ALGUNOS ALUMNOS

Pero, ¿qué ocurre?

 

EL SACRISTÁN

¿No lo sabéis?

 

(agitado)

 

Bonaparte..., el bandido.....

Bonaparte

 

OTROS ALUMNOS

(se acercan al sacristán y lo

rodean, mientras acuden otros

que se unen a los primeros)

Bueno, ¿qué ha pasado?

 

EL SACRISTÁN

¡Lo han desplumado, aplastado

y arrojado a Belcebú!

 

CORO

¡Quién lo ha dicho? ¡Es un sueño!

¡Es mentira!

 

EL SACRISTÁN

Es cierto;

¡acaba de llegar la noticia!

 

EL CORO

¡Festejemos la victoria!

 

EL SACRISTÁN

¡Y, esta noche,

gran desfile de antorchas,

noche de gala en el Palacio Farnesio,

y, un nuevo recital para la ocasión

de Flora Tosca!

¡Y, en las iglesias,

himnos al Señor!

¡Ahora, id a vestiros,

no hagáis más escándalo!

¡Vamos, vamos, a la sacristía!

 

CORO

(riendo y gritando alegremente, sin

hacerle caso al sacristán, que intenta

en vano dirigirlos hacia la sacristía)

¡Doble paga...! ¡Te Deum, Gloria...!

¡Viva el Rey...!

¡Festejemos la victoria!

¡Esta noche gran desfile de antorchas!

 

EL SACRISTÁN

¡Id a vestiros!

 

CORO

¡Noche de gala,

se festeja la victoria! etc.

 

Escena Octava

 

(Sus gritos llegan al máximo cuando,

una voz irónica rompe, bruscamente,

la algarabía de cantos y risas.

Escarpia; tras de él, entran Spoletta

y algunos de sus esbirros)

 

SCARPIA

(con gran autoridad)

¡Un jolgorio así en la Iglesia!

¡Qué poco respeto!

 

EL SACRISTÁN

(Balbuciendo, lleno de miedo)

Excelencia, el gran júbilo...

 

SCARPIA

Apresúrate para el Te Deum.

 

(Todos se alejan, cabizbajos; el

sacristán hace por escabullirse pero,

Scarpia, lo retiene, bruscamente)

 

¡Tú, quédate!

 

EL SACRISTÁN

(Amedrentado)

¡No me muevo!

 

SCARPIA

(A Spoletta)

¡Y, tú, ve, mira en cada esquina,

recoge cada huella!

 

SPOLETTA

¡Está bien!

 

(se marcha con dos esbirros)

 

SCARPIA

(A otros esbirros)

¡Ojo a las puertas,

pero sin levantar sospechas!

 

(Al sacristán)

 

Ahora te toca a ti...

Mide tus respuestas.

Un prisionero de Estado

ha huido hoy mismo

del Castillo Sant' Angelo...

 

(enérgico)

 

¡Y se ha refugiado aquí...!

 

EL SACRISTÁN

¡Misericordia!

 

SCARPIA

Quizá, aún esté aquí.

¿Dónde está la capilla Attavanti?

 

EL SACRISTÁN

¡Ésa es!

 

(Va hacia la cancela y la ve abierta)

 

¡Abierto! ¡Arcángeles!

¡Hay otra llave!

 

SCARPIA

Buen indicio... entremos.

 

(Entran en la capilla; después,

vuelven. Scarpia tiene entre las

manas un abanico cerrado que

agita nerviosamente.)

(Para sí)

 

¡Ha sido un grave error

ese disparo de cañón!

El pájaro ha volado pero, tras de sí,

dejó una prenda preciosa...

un abanico.

 

(Agitándolo con aire)

 

¿Qué cómplice urdió esta trama?

 

(se queda pensativo; después, mira,

atentamente, el abanico. En un

momento, se fija en un símbolo de

armas familiar y exclama con viveza)

 

¡La marquesa Attavanti!

¡Su escudo...!

 

(mira a su alrededor, escrutando

cada esquina de la iglesia. Sus ojos

se detienen en el andamio, sobre los

útiles del pintor, sobre el cuadro y el

rostro familiar de la Attavanti, con el

que está representada la Virgen)

 

¡Su retrato!

 

(Al sacristán)

 

¿Quién ha pintado esa tabla?

 

EL SACRISTÁN

(Todavía más invadido por el miedo)

El caballero Cavaradossi...

 

SCARPIA

¡Él!

 

(Uno de los esbirros que sigue a

Scarpia, vuelve de la capilla

llevando la cesta que Cavaradossi

le había dado a Angelotti)

 

EL SACRISTÁN

(mirándolo)

¡Dioses! ¡La cesta!

 

SCARPIA

(Continuando con sus reflexiones)

¡Él! ¡El amante de Tosca!

¡Un sospechoso!

¡Un revolucionario!

 

EL SACRISTÁN

(Que fue a mirar la cesta con

gran sorpresa exclama)

¡Vacía...! ¡Está vacía!

 

SCARPIA

¿Qué estás diciendo?

 

(Ve al esbirro con la cesta)

 

¿Qué pasa...?

 

EL SACRISTÁN

(Cogiendo la cesta)

Esta cesta estaba en la capilla

 

SCARPIA

¿La conoces?

 

EL SACRISTÁN

¡Claro!

 

(Nervioso y apresurado)

 

Es la cesta del pintor....

pero... no obstante...

 

SCARPIA

Escupe lo que sepas.

 

EL SACRISTÁN

(Muy asustado y casi y sollozando

le muestra la cesta vacía)

Yo, la dejé llena

de manjares exquisitos...

¡El almuerzo del pintor...!

 

SCARPIA

(Atento, inquisitivo, para

ganar terreno)

¡Habrá almorzado!

 

EL SACRISTÁN

¿En la capilla?

 

(Hace un gesto negativo con la mano)

 

No tenía la llave, ni pensaba comer,

según me dijo él mismo.

Por eso, yo la había puesto aparte...

para mí.

 

(Impresionado por el comportamiento

severo de Scarpia)

(Para sí)

 

¡Libérame, Señor!

 

(Muestra donde había dejado la

cesta y ahí la coloca otra vez)

 

SCARPIA

(Para si)

Está todo claro...

¡Las provisiones del sacristán

fueron para Angelotti!

 

(Viendo a Tosca, que entra aprisa)

 

¿Tosca? Que no me vea

 

(Apenas ve entrar a Tosca, se

esconde hábilmente tras la pila

del agua bendita haciendo señas

imperiosas de quedarse al sacristán,

el cuál, tremendamente incómodo, se

acerca al andamio del pintor)

 

¡Para inducir a un celoso a errar

Yago tenía un pañuelo,

y yo un abanico...!

 

Escena Novena

 

TOSCA

(Corre al andamio, en busca de

Cavaradossi y se sorprende de no

verlo, va buscarlo a la nave central

de la  iglesia)

¡Mario! ¡Mario!

 

EL SACRISTÁN

(Que se encuentra al pie del andamio

acercándose a Tosca)

¿El pintor Cavaradossi?

¡Quién sabe dónde está!

Se ha esfumado, evaporado,

por arte de su propia brujería.

 

(Se escurre)

 

TOSCA

(Para sí, casi sollozando)

 

¿Me habrá engañado? ¡No, no...!

¡Él no puede traicionarme!

 

SCARPIA

(Rodea la columna y se presenta ante

la sorprendida Tosca. Sumerge los

dedos en la pila y se los ofrece, con

el agua bendita; fuera, suenan las

campanas que invitan a la iglesia)

Tosca divina la mano mía

la vuestra espera,

pequeña manita,

no por galantería

sino para ofreceros el agua bendita.

 

TOSCA

(Toca los dedos de Scarpia

y hace el signo de la cruz)

¡Gracias, señor!

 

(Poco a poco, entran en la iglesia

y van hacia la nave principal,

gente del pueblo, burgueses, criadas,

ciudadanos, etc.; después, un

cardenal, con el superior del

convento, se acerca al altar mayor.

La gente, vuelta hacia el altar, se

sitúa en la nave principal)

 

SCARPIA

¡Un noble ejemplo es el vuestro:

obtenéis el cielo llena de santo celo,

el magisterio del arte

que la fe reaviva!

 

TOSCA

(distraída y pensativa)

Sois muy amable...

 

SCARPIA

Las mujeres pías son escasas...

Vos sois una artista y sin embargo...

 

(Con intención)

 

a la iglesia venís a rezar.

 

TOSCA

(Sorprendida)

¿Qué queréis decir?

 

SCARPIA

Y, no hacéis como ciertas descaradas

 

(Indicando el retrato)

 

que tienen de Magdalena

rostro y vestidos...

 

(Con marcada intención)

 

¡e intrigas de amor!

 

TOSCA

(Con espontánea reacción)

¿Qué? ¿De amor? ¡Pruebas!

 

SCARPIA

(Le muestra el abanico)

¿Es un útil de pintor esto?

 

TOSCA

(Cogiéndolo)

¡Un abanico! ¿Dónde estaba?

 

SCARPIA

Ahí, sobre esa tarima.

Seguro que alguien ha venido

a perturbar a los amantes

¡y ella al huir, perdió las plumas...!

 

TOSCA

(Examinando el abanico)

¡La corona! ¡El blasón!

¡Es la Attavanti!

¡Lo sospechaba...!

 

SCARPIA

(Para sí)

¡Ha surtido efecto!

 

TOSCA

(Con gran sentimiento, conteniendo

apenas las lagrimas, se olvida

del lugar y de Scarpia)

¡Y yo que venía apenada a decirle:

"En vano el cielo se oscurece,

la enamorada Tosca está prisionera

de las fiestas reales"...!

 

SCARPIA

(Para sí)

¡Ya le ha prendido el veneno!

 

(Melifluo, a Tosca)

 

¡Oh! ¿Qué os ofende

dulce señora...?

Una rebelde lágrima

desciende

sobre las bellas mejillas

y las humedece.

Dulce señora

¿qué os ocurre?

 

TOSCA

¡Nada!

 

SCARPIA

(Insinuante, con marcada intención)

Daría la vida por enjugar ese llanto.

 

TOSCA

(Sin escucharlo)

¡Yo que tanto lloro y, mientras,

en brazos de otra mi amor burla!

 

SCARPIA

(Para si)

¡Muerde el veneno!

 

TOSCA

(Cada vez mas atormentada)

¿Dónde están?

¡Si pudiera coger a esos traidores!

¡Oh, qué sospecha!

¡De dobles amores

es nido la villa!

¡Traidor! ¡Traidor!

 

(Con inmenso dolor)

 

¡Mi bello nido, inundado de fango!

 

(Con rápida resolución)

 

¡Os sorprenderé!

 

(Vuela al cuadro, amenazante)

 

¡Tú no lo tendrás esta noche!

¡Lo juro!

 

SCARPIA

(Escandalizado, casi reprochándola)

¡En la iglesia!

 

TOSCA

Dios me perdonará...

¡Él ve que estoy llorando!

 

(Se va, muy agitada. Scarpia la

acompaña, fingiendo darle seguridad.

En cuanto Tosca ha salido, se vuelve

y desde la columna, hace un gesto)

 

SCARPIA

(A Spoletta, que sale de

detrás de la columna)

Tres esbirros... Una carroza...

¡Rápido, seguidla a donde vaya,

sin ser vistos...!

¡Preparaos!

 

SPOLETTA

Está bien. ¿Dónde nos reuniremos?

 

SCARPIA

¡En el Palacio Farnesio!

 

(Spoletta sale con tres esbirros)

 

(con sonrisa sardónica)

 

¡Vete, Tosca!

¡En tu corazón, anida Scarpia...!

¡Vete, Tosca!

¡Es Scarpia quien ha dado alas

al halcón de tus celos!

¡Qué prometedora es tu sospecha!

¡En tu corazón se anida Scarpia...!

¡Vete, Tosca!

 

(Sale el cortejo que acompaña

al cardenal desde el altar mayor,

los soldados suizos separan a la

gente que se dispone a los dos lados.

Scarpia se inclina y reza, al paso del

cardenal El cardenal bendice a la

gente que se inclina con reverencia)

 

PRIOR

Adjutorum nostrum in nomine Domini

 

CORO

qui fecit coelum et terram

 

PRIOR

sit numen Domini benedictum

 

CORO

et hoc nunc et usquem in saeculum.

 

SCARPIA

(Con ferocidad)

A dos objetos apunta mi deseo:

la cabeza del rebelde

y en otra aún más preciosa...

¡En esos ojos victoriosos ver la llama

languidecer con espasmos

entre mis brazos...!

¡El uno, al potro;

la otra, entre mis brazos...!

 

(Queda inmóvil mirando al vacío.

Toda la gente está vuelta hacia

el altar mayor, algunos arrodillados)

 

EL CORO

Te Deun laudamos:

Te Deum confitemur!

 

SCARPIA

(el canto desde el fondo de la iglesia

lo sacude, como despertándolo de un

sueño. Se recompone, hace la señal

de la cruz y dice:)

¡Tosca, me haces olvidar a Dios!

 

(Se arrodilla, devotamente)

 

CORO, SCARPIA

Te aeternum

Patrem omnis terra veneratur!

 

 

ACTO SEGUNDO

 

(La habitación de Scarpia, en el piso

superior del palacio Farnesio. Mesa

dispuesta. Una amplia ventana sobre

el patio del Palacio. Es de noche.

Scarpia está sentado a la mesa y

cena. Interrumpe la cena, reflexiona

y mira el reloj; está inquieto y

pensativo).

 

Escena Primera

 

SCARPIA

¡Tosca es un buen halcón!:

¡Seguro que a estas horas

mis secuaces han apresado a ambos!

Mañana, sobre el patíbulo,

verá la aurora

a Angelotti y al bello Mario,

pender del lazo.

 

(toca la campanilla, entra Sciarrone)

 

Tosca... ¿está en palacio?

 

SCIARRONE

Un chambelán ha salido

en su busca...

 

SCARPIA

(Señalando la ventana)

Abre. Se ha hecho tarde....

 

(Del piso inferior donde la reina

de Nápoles, María Carolina, está

dando una gran fiesta en honor de

Melas se oye sonar una orquesta).

 

Al recital, aún le falta la diva.

Ya tocan gavotas.

 

(A Sciarrone)

 

Tú esperarás a la Tosca a la entrada,

le dirás que yo la espero

en cuanto acabe el recital...

 

(Sciarrone va a irse)

 

O, mejor...

 

(Se levanta y va a escribir una nota)

 

Le darás esta nota.

 

(Sciarrone se va. Scarpia se sienta

otra vez a la mesa y se llena el vaso)

 

¡Ella vendrá por amor a su Mario!

¡Por el amor de su Mario...

a mi placer se entregará!

Los profundos amores

se igualan en las profundas miserias.

Sabe mejor la conquista violenta

que el melifluo consentimiento.

Yo no sé de suspiros

ni de lechosas albas lunares.

¡No sé tañer acordes de guitarra

ni horóscopos de flores,

 

(Con desdén)

 

ni poner ojos de pez

o arrullar como una tórtola!

 

(Se levanta sin alejarse de la mesa)

 

¡Deseo ardientemente!

La cosa deseada persigo,

me sacio, la tiro

y vuelvo a una nueva presa.

Dios creó beldades y vinos diversos.

¡Yo quiero degustar cuanto pueda

de la obra de Dios!

 

(Bebe. Entra Sciarrone)

 

SCIARRONE

Ha llegado Spoletta.

 

SCARPIA

(Muy excitado, gritando)

¡Que entre, ya era hora!.

 

(Sciarrone sale para llamar a

Spoletta, entra con él y se queda

cerca de la puerta del fondo)

 

Escena Segunda

 

SCARPIA

(se sienta y está muy ocupado en

cenar, al mismo tiempo, interroga

a Spoletta sin mirarlo)

Y bien, amigo mío,

¿cómo anduvo la caza...?

 

SPOLETTA

(un poco y asustado. Para sí)

¡Que San Ignacio me ayude!

 

(A Scarpia)

 

De la señora seguimos las huellas,

llegamos a una pequeña villa aislada,

entre las frondas perdida.

Ella entró y salió sola, bien pronto.

Entonces, salté rápido

el muro del jardín, con mis perros,

y entré en la casa...

 

SCARPIA

¡Muy bien Spoletta!

 

SPOLETTA

(Vacilando)

¡Husmeo...! ¡Escarbo...! ¡Fustigo...!

 

SCARPIA

(Percibe la indecisión de Spoletta

y se levanta recto, pálido de ira,

frunciendo el ceño)

¡Ah...! ¿Y Angelotti...?

 

SPOLETTA

¡No lo encontramos!

 

SCARPIA

(Enfureciéndose)

¡Ah, perro! ¡Ah, traidor!

¡Morro de basilisco,

 

(Gritando)

 

a la horca!

 

SPOLETTA

(Temblando, intentado aplacar la

cólera de Scarpia)

¡Jesús!

 

(Tímidamente)

 

Estaba el pintor...

 

SCARPIA

(Interrumpiéndolo)

¿Cavaradossi?

 

SPOLETTA

(Asiente con el gesto y añade

rápidamente)

Él sabe dónde se esconde el otro.

¡Cada gesto, cada palabra,

traicionaba su burlona ironía;

así que lo traje arrestado!

 

SCARPIA

(Suspirando de satisfacción)

¡Menos mal!

 

SPOLETTA

(Señala la antecámara)

Está allí.

 

(Scarpia pasea, meditando; de

momento, se para. Por la ventana,

abierta, se oye el recital, seguido de

los coros, en la sala de la reina.)

 

CORO

El canto de los hombres asciende

a través del espacio, de los cielos,

transmitido por cuerpos celestes,

como lo anunciaban los Evangelios,

viene hacia ti, ¡Oh! Rey de Reyes!

 

SCARPIA

(A Spoletta)

Traed aquí al caballero.

 

(Sale Spoletta)

(A Sciarrone)

 

Que vengan Roberti y el Juez Fiscal.

 

(Sale Sciarrone. Scarpia se sienta

de nuevo en la mesa)

 

Escena Tercera

 

(Spoletta y cuatro esbirros introducen

a Mario Cavaradossi; después,

entran Roberti, el Juez con un

escribano y Sciarrone.)

 

CAVARADOSSI

(Altivamente, avanzando con ímpetu)

¡Qué violencia...!

 

SCARPIA

(Con estudiada cortesía)

Caballero,

tened la bondad de acomodaros...

 

CAVARADOSSI

Quiero saber...

 

SCARPIA

(Señalando una silla en el lado

opuesto de la mesa)

Sentaos...

 

CAVARADOSSI

(Rechazándolo)

Estoy esperando.

 

SCARPIA

¡Así sea!

 

(Mira fijamente a Cavaradossi

antes de interrogarlo)

 

CORO, TOSCA

¡Este canto vuela hacia ti!

Que este himno de gloria vaya a ti,

Dios todopoderoso y victorioso.

Dios que existías

antes del comienzo de los tiempos.

Que este canto se eleve hacia ti,

junto con el cántico de los ángeles.

El canto de los hombres asciende, etc.

 

SCARPIA

Sabéis que un prisionero...

 

(Se oye la voz de Tosca que,

participa en el recital)

 

CAVARADOSSI

(Conmovido)

¡Su voz!

 

SCARPIA

(Que se había interrumpido

al oír la voz de tosca)

...¿Sabéis que un prisionero ha huido

hoy del Castillo de Sant' Angelo?

 

CAVARADOSSI

Lo ignoro.

 

SCARPIA

Y se sospecha que vos lo habéis escondido

en Sant' Andrea,

provisto de alimentos y ropas...

 

CAVARADOSSI

(Con resolución)

¡Mentiras!

 

SCARPIA

(Sigue manteniéndose calmado)

...y, guiado a una propiedad vuestra,

fuera de la ciudad...

 

CAVARADOSSI

¡Lo niego! ¿Las pruebas?

 

SCARPIA

(Melifluo)

Un súbdito fiel...

 

CAVARADOSSI

A los hechos. ¿quién me acusa?

 

(Irónico)

 

Vuestros esbirros en vano

han rastreado la villa.

 

SCARPIA

Señal de que está bien escondido

 

CAVARADOSSI

¡Sospechas de espía!

 

SPOLETTA

(Ofendido)

De nuestra búsqueda, él se reía...

 

CAVARADOSSI

¡Y me sigo riendo; aún más!

 

SCARPIA

(Con tono severo, levantándose)

¡Éste es un lugar de lágrimas!

 

(Amenazador)

 

¡Tened cuidado!

 

(Muy nervioso)

 

¡Ahora basta! ¡Responded!

 

(Se levanta y cierra, enfadado, la

ventana, para que no lo molesten los

cantos del piso de abajo; después, se

vuelve, imperioso, a Cavaradossi)

 

¿Dónde está Angelotti?

 

CAVARADOSSI

No lo sé.

 

SCARPIA

¿Negáis haberle dado alimentos?

 

CAVARADOSSI

¡Lo niego!

 

SCARPIA

¿Y ropas?

 

CAVARADOSSI

¡Lo niego!

 

SCARPIA

¿Y asilo en la villa?

¿Y que esté allí escondido?

 

CAVARADOSSI

(Con fuerza)

¡Lo niego! ¡Lo niego!

 

SCARPIA

(Astutamente, volviendo a serenarse)

Vamos, caballero: reflexionad.

No es nada sabia

esta obstinación vuestra.

¡Esa gran angustia,

la evitará una rápida confesión!

Yo os lo aconsejo; decid:

¿Dónde está, pues, Angelotti?

 

CAVARADOSSI

No lo sé.

 

SCARPIA

Por última vez: ¿dónde está?

 

CAVARADOSSI

¡No lo sé!

 

SPOLETTA

(Para sus adentros)

¡Oh, una buena cuerda!

 

Escena Cuarta

 

(Entra Tasca, afanosa)

 

SCARPIA

(Viendo a Tosca. Para sí)

¡Eso es!

 

TOSCA

(corre a abrazar a Cavaradossi)

Mario, ¿tú aquí?

 

CAVARADOSSI

(En voz baja a Tosca)

¡De cuanto allí has visto, calla,

o me matan!

 

(Tosca gesticula que ha entendido)

 

SCARPIA

(Con solemnidad)

Mario Cavaradossi,

tu testimonio el juez espera.

 

(A Roberti)

 

Primero, las formas ordinarias...

Luego... como yo os indique.

 

(Hace señas a Sciarrone para que

abra la puerta que da a la cámara de

tortura. El juez entra y los demás lo

siguen. Quedando Tosca y Scarpia.

Spoletta se retira, junto a la puerta.

Sciarrone cierra la puerta. Tosca

hace una señal de sorpresa y Scarpia

con gentileza la tranquiliza)

 

SCARPIA

(Con galantería)

Y, ahora, entre nosotros,

hablemos como buenos amigos.

Fuera ese aire de preocupación...

 

(indica a Tosca que se siente)

 

TOSCA

(Sentándose, con calma estudiada)

Preocupación, no tengo ninguna...

 

SCARPIA

¿La historia del abanico?

 

(Pasa detrás del canapé sobre el que

está sentada Tosca y se apoya; habla

todo el tiempo con galantería)

 

TOSCA

(Con simulada indiferencia)

Fueron mis estúpidos celos...

 

SCARPIA

¿La Attavanti no estaba en la villa?

 

TOSCA

No; él estaba solo.

 

SCARPIA

¿Solo?

 

(Preguntando con malicia)

 

¿Estáis bien segura?

 

TOSCA

Nada se le escapa a un celoso.

¡Solo! ¡Solo!

 

(Enfadándose)

 

SCARPIA

(Coge una silla, la pone frente a

Tosca, se sienta y la mira fijamente)

¿De verdad?

 

TOSCA

(Irritada)

¡Solo! ¡Sí!

 

SCARPIA

¡Cuánto fuego!

Parece que tuvierais miedo

de contradeciros.

 

(Volviéndose hacia la puerta de la

cámara de la tortura y llamando)

 

Sciarrone, ¿qué dice el caballero?

 

SCIARRONE

(Apareciendo en la puerta)

Lo niega todo.

 

SCARPIA

(En voz más alta)

Insistamos.

 

(Sciarrone vuelve a irse hacia la

cámara de tortura y cierra la puerta)

 

TOSCA

(Riendo)

¡Oh, es inútil!

 

SCARPIA

(Serio, paseando)

Lo veremos, señora.

 

TOSCA

(Lentamente, con sonrisa irónica)

Entonces, para complaceros,

¿debería mentir?

 

SCARPIA

No; pero la verdad podría abreviarle

una hora bastante penosa...

 

TOSCA

(Sorprendida)

¿Una hora penosa?

¿Qué queréis decir?

¿Qué está pasando en esa habitación?

 

SCARPIA

Es necesario que se respete la ley

 

TOSCA

¡Oh Dios! ¿Qué ocurre...?

 

SCARPIA

(Con expresión feroz y con

fuerza creciente)

¡Atado de manos y pies,

vuestro amante tiene

un cerco de acero en las sienes,

que a cada negativa,

lo salpica de sangre sin piedad!

 

TOSCA

(Se pone de pie)

No es verdad, ¡no es verdad!

¡Cara de demonio!

 

(Escucha con gran ansiedad,

asiendo nerviosamente con la

mano el respaldo del sofá)

 

LA VOZ DE CAVARADOSSI

¡Ay, de mí!

 

(gemido prolongado de Cavaradossi)

 

TOSCA

¿Un gemido? ¡Piedad...! ¡Piedad...!

 

SCARPIA

Está en vos salvarlo.

 

TOSCA

Bien pues... ¡cesad, cesad!

 

SCARPIA

(Se acerca a la puerta gritando)

¡Sciarrone, parad!

 

SCIARRONE

(Aparece en el umbral)

¿Del todo?

 

SCARPIA

Del todo.

 

(Sciarrone entra, de nuevo, en la

cámara de tortura, cerrando)

 

(A Tosca)

 

Y, ahora, la verdad...

 

TOSCA

¡Quiero verlo!

 

SCARPIA

¡No!

 

TOSCA

(Consigue acercarse a la puerta)

¡Mario!

 

LA VOZ DE CAVARADOSSI

(Dolorosamente)

¡Tosca!

 

TOSCA

¿Te torturan aún?

 

LA VOZ DE CAVARADOSSI

¡No, ten valor!

¡Calla, no me importa el dolor!

 

SCARPIA

(Acercándose a Tosca)

Vamos, Tosca, hablad.

 

TOSCA

(aliviada por las palabras de Mario)

¡No sé nada!

 

SCARPIA

¿No ha sido suficiente esta prueba?

¡Roberti, continuamos...!

 

(Hace amago de ir hacia la puerta)

 

TOSCA

(Se pone entre Scarpia y la puerta,

para impedir que dé la orden)

¡No! ¡Parad!

 

SCARPIA

¿Vos hablaréis?

 

TOSCA

¡No! ¡No! ¡Ah, monstruo...!

¡Lo torturas, lo matas!

 

SCARPIA

Lo tortura ese silencio vuestro,

mucho más que yo.

 

TOSCA

¿Te ríes...

de ese horrible castigo?

 

SCARPIA

(Con feroz ironía)

¡Nunca Tosca en escena,

ha sido más trágica!

 

(Tosca, seria, se aleja de Scarpia

que con un súbito ceño de ferocidad,

dirige la mirada a Spoletta)

 

SCARPIA

(Gritando a Spoletta)

¡Abrid la puerta,

que se oigan sus lamentos!

 

(Spoletta abre la puerta y se queda

firme, bajo el umbral)

 

LA VOZ DE CAVARADOSSI

¡Os desafío!

 

SCARPIA

(Gritando a Roberti)

¡Más fuerte! ¡Más fuerte...!

 

LA VOZ DE CAVARADOSSI

¡Os desafío!

 

SCARPIA

(A Tosca)

¡Hablad...!

 

TOSCA

¿Qué puedo decir?

 

SCARPIA

¡Vamos, venga...!

 

TOSCA

¡Ah, no sé nada! ¡Ah!

 

(Desesperada)

 

¿Debería mentir?