*Sylvia: Act III, Andante; Coppélia: Preludio y mazurca.

MARZO...

BALLETS: COPPÉLIA Y SYLVIA

Delibes y el ballet 


l género del ballet, expresión mímico-danzante que comenzó a insinuar su importancia durante el siglo XVIII, debe gran parte de su evolución y de su desarrollo posterior a Salvatore Viganò, pues este talentoso coreógrafo y bailarín milanés proporcionó a esta manifestación escénica una digna fisonomía artística, otorgándole una consistencia más sólida y mayor apariencia que la que le habían adjudicado hasta ese entonces las representaciones realizadas en las cortes europeas, o las pantomimas en donde la danza alternaba, en forma no siempre armoniosa, con las partes cantadas.

La iniciativa de Viganò enriqueció la dramaturgia de ese arte al sustituir los temas mitológicos por otros de mayor profundidad, resultando en creaciones tan bellas como sus puestas en escena de los dramas shakespearianos Otelo y Coriolano, y su monumental Las criaturas de Prometeo, estrenado en Viena en 1801, con música de su amigo y admirador Ludwig van Beethoven, quien escribió para tal ocasión su única partitura para ballet. Estas obras, no sólo dignificaron al género, sino que determinaron que los compositores dotados de las particularidades requeridas para escribir una música adecuada a la danza, dedicaran a ella sendas partituras, sin menoscabo de ver comprometida su reputación como autores de alta escuela. Y como resultado de ello, surgieron en el siglo XIX diversos compositores que alcanzaron notorio prestigio en base a una serie de partituras concebidas especialmente para la danza, en las que la inspiración fluye a raudales y las tendencias románticas de la época se vislumbran con rasgos bien definidos, proporcionando a las respectivas obras una atmósfera de exquisita espiritualidad.

Francia, que no podía mostrarse indiferente a la importancia que paulatinamente iba ganando el ballet, aportó con la obra de algunos de sus más autorizados músicos una valiosa colaboración, surgiendo así diversas partituras que lograron un éxito inmediato, manteniendo su interés hasta nuestros días, en que aparecen como muestras de invalorable encanto, llamadas a mantener el prestigio de toda una tradición.

Entre estas obras, que materializan escénicamente un mundo de ilusión, pleno de fantasía, animado ya por figuras mitológicas como por seres que perfilan los más humanos sentimientos, destácanse Sylvia y Coppélia, partituras que al proporcionar a los grandes intérpretes de la danza clásica un medio invalorable para mostrar sus posibilidades artísticas, han logrado a la vez llevar el nombre de Léo Delibes al pináculo de la fama, pues en el material musical de estas obras el citado autor francés especifica en grado sumo los alcances de su inspiración, sobrepasando los méritos que le han sido reconocidos a través de otras partituras más ambiciosas: entre ellas, la ópera Lakmé. Y es que en efecto, el estilo adoptado por Delibes en estas páginas maestras, al perfeccionar los moldes estéticos expuestos anteriormente por Adam y Pugni que responden al romanticismo francés más aquilatadamente auténtico, se ajusta con armoniosa unidad al movimiento y al desplazamiento de los elementos que intervienen en la escena, en base a una música esencialmente melódica que al proporcionar un inefable deleite auditivo, ha servido de guía de orientación para los autores que, posteriormente al que nos ocupa ahora, abordaron el ballet, pudiendo citarse dentro del núcleo a Tchaikovsky, quien siempre se manifestó íntimamente cautivado por la irresistible seducción que le deparaban las composiciones del género de su colega francés.

Cabe también destacar que a Léo Delibes debe el ballet su feliz renacimiento en el escenario del Teatro de la Ópera de París, pues una creación suya titulada La Source (popularizada en Alemania bajo el titulo de Naïla), adelantándose a la presentación de Sylvia y de Coppélia, reverenció la importancia y las posibilidades que ofrecía esta modalidad escénica, que conduciría a la danza a un nivel de superación insospechado.


Clément Philibert Léo Delibes


lément Philibert Léo Delibes nació el 21 de febrero de 1836 en Saint-Germain-du-Val (hoy un barrio de La Flèche, en el departamento de Sarthe) Francia. Su padre era empleado postal y su madre música, hija de un cantante de ópera y hermana de un organista. Fue su madre, junto a un tío de Léo Delibes, quien impartió las primeras lecciones de música al único hijo de la familia. Juntos criaron a Léo luego de la temprana muerte de su padre, cuando decidieron trasladarse a París.

En 1847, Delibes ingresó a la clase de Tariot en el Conservatorio de París, donde obtuvo un primer premio de solfeo en 1850. Más tarde, estudió órgano con François Benoist y composición con Adolphe Adam. Participó en el Coro de la Madeleine y cantó como niño solista en el estreno de El Profeta, de Giacomo Meyerbeer, en el Teatro de la Ópera de París, el 16 de abril de 1849.

En 1856, estrenó la primera de varias operetas (en los siguientes catorce años produjo anualmente una obra de ese tipo), llamada Deux Sons de Charbon en el Folies-Nouvelle. Muchas de estas operetas fueron escritas para el teatro Bouffes-Parisiens de Jacques Offenbach, incluyendo su segunda obra, Deux Vieilles Gardes, de gran éxito.

Le Jardinier et son Seigneur es presentada por Delibes en 1863 como un intento menos frívolo de la Opéra-Comique en el Théâtre Lyrique, donde también desempeñó funciones como pianista acompañante y director de coro. Trabajó en Fausto de Charles Gounod, Los Pescadores de Perlas de Léopold Bizet y Los Troyanos de Hector Berlioz.

Fue nombrado segundo director de coro en el Teatro de la Ópera de París en 1864, y un año más tarde, obtuvo el puesto de organista en el Saint-Pierre-de-Chaillot, donde permaneció hasta 1871.

Realizó su primera incursión como compositor de ballet en 1866, compartiendo la creación de La Source con Louis Minkus, y en 1869 compuso su última opereta, La Cour du Roi Pétaud, para el Varietes.

El éxito exponencial en popularidad y prestigio no llegó sino hasta el estreno de su ballet Coppélia, en el Teatro de la Ópera de París, el 25 de mayo de 1870.

Ya en 1871, Delibes dejó su cargo y su puesto como organista en el Teatro de la Ópera de París, se casó con Léontine Estelle Denain y se dedicó por entero a la composición.

Le roi l'a dit, comedia situada en la época de Louis XIV, fue presentada en el Opéra-Comique en 1873.

Su segundo ballet a gran escala, Sylvia, fue estrenado tres años más tarde, el 14 de junio de 1876, en el Teatro de la Ópera de París.

El 6 de marzo 1880, presentó su ópera en tres actos Jean de Nivelle en el Opéra-Comique con éxito.

Léo Delibes sucedió a Reber como profesor de composición en el Conservatorio de París en 1881, a pesar de haber reconocido no saber nada de fuga y contrapunto. Al año siguiente, escribió seis danzas para Le roi s'amuse de Victor Hugo, la obra teatral que Giuseppe Verdi convirtió en Rigoletto.

En abril de 1884, presentó en el Opéra-Comique la que sería su última y más lograda obra, la ópera Lakmé, que junto a los ballets Sylvia y Coppélia, sirvió para situar a Delibes en la posteridad. Ese mismo año, fue elegido para formar parte de la Academia.

Léo Delibes falleció a los 55 años, un 16 de enero de 1891 en París, dejando inacabada una ópera, Kassya, la cual Jules Massenet completó y estrenó en el Opéra-Comique en 1893.

Sus restos mortales descansan en el Cimetière de Montmartre, París.


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Delibes y el ballet

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