* I. Adagio-Allegro de la 5º Sinfonía.

AGOSTO...

CICLO INTEGRAL SINFÓNICO DE JOSEF ANTON BRUCKNER

Josef Anton Bruckner

 

uchas historias se cuentan a propósito de la ingenuidad de Anton Bruckner; cómo solía cortejar a las camareras de los cafés a los cuales concurría; cómo en cierta ocasión pretendió recompensar al director del estreno de una de sus sinfonías (Hans Richter) poniéndole en la mano una moneda ("para que se bebiese un "chop" de cerveza a su salud"); cómo asistió una vez a una representación de "Parsifal" en Bayreuth, absteniéndose cuidadosamente -en gesto de respetuosa veneración- de mirar hacia la escena... Lo cierto es que hasta el final de su vida, Bruckner siguió siendo un modesto personaje, al margen de lo terreno -juzgado por terrenales "standards"- un auténtico "rústico de corazón". Esas características parecen reflejarse en ciertos momentos de su música, pero es hora ya de que a propósito de este compositor se comprenda de una vez por todas que en el arte de la composición musical Bruckner fue cualquier cosa menos tonto o ingenuo. Fue, en cambio, un hábil músico profesional, un organista virtuoso de reputación internacional y un maestro de teoría musical de tal modo equipado que cuando en procura de un título académico se presentó una vez a examen, los integrantes de la mesa declararon sin ambages que era él quien debiera examinarlos a ellos.

Hubo de cumplir los 38 años, con un buen número de piezas para órgano y obras litúrgicas en su haber (a partir de un Pange lingua escrito a los 11 de edad) para que Bruckner se decidiera a probar suerte en el campo de la composición puramente orquestal. Completó entonces una sinfonía, de la que renegó más tarde considerándola un mero trabajo de estudiante y, por fin, en 1865, se dispuso a iniciar la que hoy conocemos por su Primera Sinfonía. Durante los diez años siguientes completó seis sinfonías y tres grandes Misas para coro y orquesta. Una de esas sinfonías, compuesta entre la primera y la segunda de su catálogo actual, fue asimismo descartada, si bien no la destruyó, limitándose a atribuirle el número cero. (Es por cierto una interesante composición que ha logrado numerosas ejecuciones en el curso de los últimos años, cumplidas además con sugestivo buen éxito). Sobrevino una pausa entre los años 1875 y 1879. En esta última fecha comenzó a trabajar en su Sexta Sinfonía, habiéndose debido ese paréntesis en la actividad creadora, a la hostil recepción de que fuera objeto su Tercera Sinfonía. En 1894, Bruckner había avanzado ya en la composición de su Novena Sinfonía, hasta el tercer movimiento inclusive; no llegó empero a completar el Final. Durante esos años siguió componiendo música litúrgica a la vez que obras de otros géneros, incluyendo un hermoso Quinteto para instrumentos de arco, a la fecha bastante difundido. Pero su reputación se basa fundamentalmente en la importancia de sus nueve grandes sinfonías.

Procedía Bruckner de una aldea próxima a Linz, en plena Alta Austria, donde su padre se desempeñaba como maestro de escuela. Creció así entre aldeanos, y en el marco majestuoso de una naturaleza de hermosura sin par. Solía dar una mano en los trabajos de las granjas de sus convecinos, a la vez que tocaba el violín en las minúsculas celebraciones pueblerinas. Ayudaba a misa y tocaba el órgano en la iglesia; durante toda su vida se mantuvo activo y ferviente católico romano, particularmente fiel a la abadía de San Florían, donde fuera recibido como alumno al fallecer su padre. Todo ello se incorporó a su personalidad como parte indisoluble de él mismo, y en sus sinfonías retornó una y otra vez a esas diversas experiencias: a la vastedad del mundo de Dios, y a la majestad de Su divino ser; a la solemnidad de las iglesias y catedrales barrocas donde se le rinde culto; al misterio de la vida y la muerte; como así también a la jocunda cadencia de los movimientos de los rústicos cultores de las danzas populares austríacas, al robusto vigor de esos trapalones aldeanos y a la deliciosa frescura de esas muchachas campesinas a las que Bruckner rindió tantas veces su corazón (sin llegar jamás, ¡y cuánto lo sentía!, a casar con cualquiera de ellas). Cuando sus amigos, cosa que hicieron a menudo, requerían a Bruckner una clave para disfrutar más a fondo sus sinfonías, el compositor solía responderles con historias (en la doble acepción de esta palabra). Pero es mejor escuchar música sin comprender su significado, que comprenderlo y, entonces, no  escucharla.

       En el caso de la Cuarta Sinfonía, Bruckner propuso un verdadero fárrago de caballeros con sus damiselas, a la manera del Konzertstück en fa menor de Weber. Más tarde eliminó también esa explicación, no sin acierto, puesto que evidentemente, dicho "programa" carecía de la menor relación con el contenido de la obra.

Al iniciarse el primer movimiento los trémolos de la cuerda y el solo de trompa evocan sin vuelta de hoja la profundidad de una foresta, poblada de añosos y corpulentos árboles. Aunque esta misma interpretación puede resultar inoperante, ante el testimonio de una siempre posible experiencia personal. Suele afirmarse también que el scherzo está relacionado con el característico resonar de las trompas en el curso de una cacería de lejanos tiempos; lo cual "no significa que debamos aceptar también, que el trio representa la música que acompaña el momento del refrigerio de los fatigados cazadores, por mucho que el propio Bruckner llegara a admitirlo. Es, ni más ni menos, un sencillo Landler de sereno andamiento. El final es un pasaje cuya imponente textura lo haría pasar por algo más grande y majestuoso aún que la frondosa selva inicial (de cuyo pasaje deriva buena parte de su material). No nos atreveríamos en suma a asegurar que esos movimientos constituyen un fenómeno físico a la vez concreto e identificable, sin perjuicio que los mismos nos convenzan de la procedencia de su inspiración: el ámbito, a la vez rústico y naturalmente grandioso, en medio del cual había crecido el compositor.

Por uno de esos frecuentes caprichos de la historia (o, mejor dicho, de quienes la escriben) el nombre, como la estética, de Anton Bruckner, se han visto desde antiguo asociados con Wagner (a quien está comprobado que reverenciaba; en tanto que la conexión con Mahler, otro similar "hecho histórico", es mucho menos defendible, a la vez que musicalmente inadmisible). Empero, esta Cuarta Sinfonía no es más wagneriana que "schubertiana" o "beethoveniana". Donald Tovey, que en su tiempo no nesitaba en declararse -contra la corriente- sincero admirador de la música de Bruckner, estaba sin duda en lo cierto al afirmar -aunque sin pretender demostrarlo- que las sinfonías de Bruckner "comenzaban siempre con la amplitud armónica del "Oro del Rhin" para finalizar con los "climaxes" del "Ocaso de los Dioses". La verdad es que Bruckner deriva sus "formas sinfónicas" de la Sinfonía en Do mayor (llamada "La Grande") de Schubert y de este o aquel ejemplo "beethoveniano"; a partir de entonces, se desplaza guiado por un inteligente conocimiento de la música en general, de Palestrina en adelante, un concepto asaz sofisticado de la existencia campesina en la Alta Austria, y un imaginativo nivel filosófico. Para su tiempo, se expresaba en un idioma más clásico que romántico (tengamos en cuenta que su Cuarta Sinfonía data de 1874, el año que vería el estreno de "Boris Godounov", precediendo por uno la representación inicial de "Carmen"; en tanto que Verdi componía su "Otello" y Wagner trabajaba en su "Parsifal") a la vez que en un estilo dialectal que le es privativo. La gente rústica se aviene muy contenta a esperar hasta diez minutos entre una y otra sentencia, y Bruckner, fiel a la consigna, toma profundos resuellos antes de iniciar un nuevo párrafo de su tirada; si la íntima conexión de pensamiento no se advierte con claridad al momento, pronto lo será.

Como Mozart, y más que Haydn, discute numerosas ideas en el curso de sus movimientos (los scherzi aparte); Beethoven se muestra económico en la materia; Schubert, en cambio, es tan liberal como aquéllos en punto al derroche de ideas. En Bruckner no hay idea que pueda desperdiciarse; se trata simplemente de que uno se avenga a absorber la argumentación musical al mismo tempo adoptado por el compositor en su discurso. Ese argumento, o mejor aún, la agenda, procede de distinta manera en cada sucesivo movimiento sinfónico, y de nuevo precisa que admitamos también la estructura en sus propios términos, sin la menor referencia a los métodos de Beethoven, Brahms o cualquier otro compositor, ya que los tópicos en discusión pertenecen exclusivamente a Bruckner. Y siguen siendo todavía relevantes, al cabo de los ochenta y cinco años transcurridos (Bruckner completó sus últimas revisiones en 1880), porque constituyen verdades eternas, y porque su simplicidad está lejos de ser superficial y mucho menos aún, ingenua; es por el contrario real y pura. Y, por lo tanto, no tan "simple" como pudimos creer en el primer contacto con la música de este compositor.

 

Si tiene problemas de lectura, ponga pausa en el reproductor de audio y accione este lector de texto.

Sinfonía n.° 9

Wiener Philharmoniker
Leonard Bernstein

“DEJE SU OPINIÓN EN EL LIBRO DE INVITADOS, GRACIAS”

DEJE SU OPINIÓN