*Andante, ma non troppo - Allegro energico.

Sinfonía 1 en Mi menor, Op. 39

 

as obras de Sibelius nunca fueron bien comprendidas fuera de su patria, excepción hecha de Inglaterra y los Estados Unidos, donde su producción sinfónica forma parte del repertorio habitual de todas las grandes orquestas. Pero el compositor finlandés concitó un enorme respeto y admiración entre los músicos y los amantes de la música, más quizá que el merecido por ningún otro compositor de su época.

Si bien sus obras abarcan muy diversos géneros musicales (música para piano, canciones de cámara, dúos, tríos y otras obras instrumentales, y hasta óperas inéditas) es sin duda en su producción orquestal -particularmente en el notable ciclo de las 7 sinfonías- donde Sibelius alcanza la cima de su genio creador. Con relación a las sinfonías, cabe mencionar que la posible existencia de una octava sinfonía nunca pudo ser confirmada; contribuyó a acrecentar las hipótesis que en su derredor se tejieron, una extraña circunstancia: a partir de 1926, Sibelius parece haber cesado de componer, limitándose (siempre a juzgar por las apariencias) a dejar transcurrir plácidamente los últimos 31 años de su vida en su reducto de Järvenpää hasta su deceso, acaecido en 1957.

La Primera Sinfonía no fue meramente un ensayo en la forma en la que luego adquiriría supremacía. Como Brahms, Sibelius esperó muchos años (hasta que tuvo 34) antes de aceptar el exigente desafío musical de componer una sinfonía; aunque ya en 1892 había dado a conocer un poema para solistas, coro y orquesta, generalmente conocido con el nombre de Sinfonía Kullervo. Una curiosa coincidencia histórica es que esta partitura, escrita en 1899, representa en concepción y en estilo, la culminación de las características románticas del siglo XIX. Pertenece al mismo género que las sinfonías de Dvořak, Elgar y los compositores rusos: Balakirev, Glazunov, Tchaicovsky y Borodin (el primer movimiento de la sinfonía de Sibelius presenta, en efecto, sensible similitud temática con la Sinfonía en Mi Bemol, de Borodin). Después de esta sinfonía, el pensamiento musical de Sibelius se transformó en algo mucho más personal, aunque su individualismo se había notado claramente con anterioridad; por ejemplo, en aquellas obras tempranas en las que él se identificó deliberadamente con la tradición Nacional de Finlandia, en especial, En Saga, la suite Karelia, Finlandia y El cisne de Tuonela. Esta última, un poema exquisitamente imaginativo que describe el mitológico cisne que flota, cantando serenamente, en las aguas de Tuonela (el reino de la muerte), fue elegido, con mucha lógica, para ser ejecutado en homenaje al compositor, en su funeral.

Sin embargo, aún cuando buscó inspiración en su país natal y era, tanto por su carácter como por su lealtad patriótica, netamente finlandés, Sibelius jamás intentó hacer otra cosa que expresarse en el lenguaje universal de la música; él no era un folklorista.

La forma de la Primera Sinfonía es definidamente convencional; el dominio de la orquestación ya es seguro y brillante. Las sinfonías posteriores muestran un enfoque más original de la construcción, pero es importante recordar que Sibelius no tuvo desdén por la tradición, aunque no dudó en alejarse de las formas convencionales cuando sus pensamientos así lo requerían.

La Primera Sinfonía, en Mi menor, Op. 39, de Sibelius, está instrumentada para gran orquesta, con tuba baja, arpa y una sección de percusión que comprende platillos, bombo, triángulo y timbales.

Una introducción de 28 compases marcada "Allegro ma non troppo" y que consiste en una expansiva melodía para clarinete, acompañada al principio por un sordo redoble de timbal, lleva al primer movimiento propiamente dicho, un "Allegro enérgico", pleno de vigor. La melodía de la introducción, desde que el clarinete emerge por sí solo, es, nota por nota, la del comienzo del segundo tema del primer movimiento; existe, además, gran similitud entre el rasgo melódico de los compases 11 a 13 de la introducción y el primer tema, igualmente un cúmulo de pequeños detalles a través de toda la partitura ilustran el extraordinario poder del compositor para crear un todo orgánico, aunque esta obra sea ortodoxa en su estructura.

El material del vigoroso primer tema del movimiento inicial es seguido por un episodio para flauta, arpa y cuerdas, que establece la transición hacia el más apacible segundo tema, un lírico diálogo entre clarinete y oboe. El pulso se acelera y la exposición llega a un definido final en si menor. A continuación, el desarrollo utiliza material del primer tema, del segundo tema y de la introducción, hasta que, tras un gran crescendo, sobreviene la última sección del tradicional esquema, la recapitulación, con una intensa versión del tema principal. Luego de escuchado el segundo tema, levemente modificado, el trozo finaliza con un poderoso motivo conclusivo de los metales, con trémolos de timbal y acordes "pizzicatos" de las cuerdas.

El segundo movimiento, "Andante ma non troppo lento" presenta dos temas de carácter muy opuesto, que aparecen en orden inverso a la forma en que similares climas eran presentados en el primer movimiento: aquí el primer tema es triste y reflexivo; el segundo más enérgico. Como contraste, el siguiente fragmento, el Scherzo, ("Allegro"), es áspero y jovial, con un brioso ritmo a cargo de timbales y cuerdas en "pizzicato". El Trío es de naturaleza más reposada.

El Finale (Andante-Allegro molto) unifica todos los movimientos anteriores. Una introducción Andante extrae material del principio del primer movimiento y el Allegro siguiente es semejante en carácter al primer tema de dicho movimiento. La forma general es la de una gran rapsodia sinfónica. Una melodía de amplia sonoridad conduce luego a una reminiscencia del movimiento lento, seguido por un retorno a un carácter más enérgico y a un desarrollo contrapuntístico.

Finalmente, la magnífica melodía se amplía y crece hasta un vigoroso y apasionado clímax y una conclusión que, con sus redobles de timbal y sus acordes en "pizzicato" de las cuerdas rememora el final de primer movimiento.

 

                                                                                Reid Guilla more

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Sinfonía Nº 1 en Mi menor, Op. 39
Wiener Philharmoniker
Leonard Bernstein

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