*Finale. Allegro Moderato.

Sinfonía 2 en Re Mayor, Op. 43

 

a composición de la Segunda Sinfonía de Sibelius coincide con su creciente reputación fuera de Escandinavia. En 1900, un año después del estreno finlandés de la Primera Sinfonía, la Orquesta Filarmónica de Helsinki, con la dirección de Robert Kajanus, realizó una gira europea y tocó en la Exposición de París, tanto para despertar simpatía por la autonomía política de Finlandia (entonces sujeta a Rusia) como obtener un reconocimiento de sus valores artísticos. Se esperaba que la independencia política y artística pudiera ser unida en las mentes de quienes escucharan los exponentes de la cultura musical finlandesa. Sibelius participó en la gira como director asistente, y su música, que fue ejecutada junto con la de otro compositor escandinavo, Järnefelt. Las obras de Sibelius fueron consideradas como curiosidades y no se arraigaron en el repertorio general, aunque en no pocos casos fueron recibidas respetuosamente y, de todos modos, contribuyeron a que su nombre empezara a conocerse en el resto de Europa.

Sibelius volvió a viajar al año siguiente, esta vez gracias a la generosidad de su amigo el Barón Axel Carpelan, quien le proporcionó los fondos necesarios para abandonar sus tareas pedagógicas durante un año y poder viajar, estudiar y componer. Así fue que pasó el invierno de 1901-2 en una villa que alquiló en Rapallo (Italia), donde compuso la Segunda Sinfonía, que dedicó a Carpelan. Al volver a su patria dirigió el estreno de la obra en Helsinki, el 3 de marzo de 1902. La sinfonía fue tan bien recibida que el concierto debió repetirse tres veces. La Segunda se convirtió en la más popular y accesible de las sinfonías de Sibelius.

Otro amigo, el director Georg Schneevoigt fue el primero en relacionar dramáticamente a la Segunda Sinfonía con la Primera Sinfonía y con la lucha por la independencia finlandesa. La idea sigue siendo aceptada por varios finlandeses, pero no ocurre lo mismo en otros países. Actualmente podernos apreciar que la popularidad de la obra, se debe, a la manera en que la cualidad épica y heroica de su progresión estructural de simples melodías pastorales a través de música que sugiere tribulaciones y duras pruebas, eclosiona en una impresionante oda triunfal.

En los dos primeros movimientos parecería que se invierten sus funciones habituales, pues el Andante, en tonalidad menor, resulta más dramático e imponente que el Allegreto inicial. Esto se acentúa por el hecho que los temas del primer movimiento también están algo invertidos. Primero se oyen las cuerdas tocando suaves acordes en corcheas (seis por compás). Sigue un lírico tema a cargo de las maderas y los cornos, acertadamente llamado "pastoral", que se supone debería haber sido empleado más adelante como elemento pacificador de material temático más violento. Es como si el compositor hubiese querido describir primero una existencia idílica que luego será interrumpida por elementos externos. El "primer grupo temático" anticipa los métodos sinfónicos de la madurez de Sibelius en un grado bastante avanzado. Consiste en fragmentos que evolucionan y se ensamblan en forma continua y que pueden ser arreglados nuevamente, reintegrados a su estado primitivo o empleados con distinto significado si reaparecen. O sea que en 1901, Sibelius demostraba estar plenamente consciente de lo que más tarde se convertiría en el principio característico del "desarrollo continuo", que emplearon Strauss y Mahler. Como era de esperar, el segundo tema del movimiento es Poco allegro, cuyo tempo está enfatizado por un breve accelerando a cargo de las cuerdas en pizzicato. El material temático se torna mucho más dramático y el clímax del movimiento es la culminación del desarrollo.

El segundo movimiento es análogo a la sección correspondiente de la Primera Sinfonía, pues se trata de un Andante con episodios dramáticos que lo llevan a un Allegro y el tema que permanece Andante a través de todo el movimiento es como una canción de consuelo en modo mayor. Más en la Primera, escrita en Mi menor, el lírico tema del consuelo llegaba inmediatamente. En cambio, en la Segunda nos enfrentamos con un sombrío merodeo alrededor de la clave de Re menor; surgen figuras sombrías que son más apariciones que temas, a las que sigue una histérica intensificación del tempo a Poco allegro antes que llegue el consuelo, surgiendo casi imperceptiblemente en Fa sostenido mayor. El proceso se repite con una mágica escritura orquestal que inicia en Fa sostenido menor, con mucha mayor histeria y sin ningún tipo de consuelo: el tema lírico anterior se ha convertido en otro, en un hosco Re menor. Pero de él surge una canción de intensa añoranza en la que se presenta el tema lírico en su forma original. El Re menor vuelve a imponerse al final con los mismos acordes amenazantes que concluyen la Sinfonía en Mi menor.

Los dos últimos movimientos están unidos en la misma forma en que lo están los correspondientes de la Quinta Sinfonía de Beethoven, con una grandiosa transición entre uno y otro. El Scherzo en Si bemol, Vivacissimo, ha sido comparado con un fortísimo viento que todo lo arrasa. Excepto una inesperada y solemne iteración de tres imponentes acordes en el vigésimo quinto compás, semejantes a los tres golpes masónicos de Mozart (pero sin ese significado), el movimiento giratorio de esta música no cesa hasta que súbitamente finaliza con una gran pausa: toques de tambor que van disminuyendo y llevan a la sección del trío, lento e soave. Esta contiene la más notable melodía que escribió Sibelius para el oboe, en Sol bemol, notable porque es un tema lírico que comienza con nueva reiteración de una nota (Si bemol, luego repetida en Do bemol). Efecto sorprendente de por sí, está relacionado con la figura de acordes repetidos por las cuerdas que inicia la sinfonía y vuelve a traer el ambiente pastoral por última vez antes del final heroico (el trío se oye dos veces).

Los componentes principales de ese final, quizás demasiado famoso, son el tema triunfante a cargo de las cuerdas con una fanfarria de trompetas, como un estandarte desplegado con orgullo y el extenso, excitante crescendo basado en un tema procesional que se desarrolla sobre un inquieto fondo de corcheas continuas. Cada uno de estos temas principales es repetido y el muy original desarrollo es prácticamente otro crescendo que anuncia el regreso del unísono. Todo esto lo remata un extático y amplio coral a cargo de los metales y en "amén" entonado por la orquesta en pleno.

 

                                                                                       Jack Dicthcr

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Sinfonía Nº 2 en Re Mayor, Op. 43
Wiener Philharmoniker
Leonard Bernstein

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