*Confutatis, Pie Jesu y Requiem Aeternam.

MARZO...

GRAN MISA DE MUERTOS

*EL TRIUNFO DE LA REPÚBLICA.

Grande messe des morts, de François-Joseph Gossé

 

rançois-Joseph Gossé nació el 17 de enero de 1734 en un pueblo francés enclavado en el Condado de Henao (condado que entonces estaba bajo dominio austriaco y actualmente es una provincia belga), y murió el 16 de febrero de 1829. Su cuerpo descansa en el Cementerio Père-Lachaise de París, junto a la tumba de su amigo Gretry.

Su vida duró lo suficiente como para ser un músico de la antigua monarquía, atravesar la Revolución Francesa y acabar sus días con la corona restaurada en la cabeza de Carlos X. Es decir, que anduvo entre la eclosión del estilo galante y la aparición del romanticismo, un largo periodo de la historia musical francesa en el cual, a despecho de las turbulencias políticas y militares, el arte se desenvolvió dentro de cierta normativa neoclásica. Por paradoja, las innovaciones ocurrieron cuando la hegemonía política volvió a manos de conservadores y reaccionarios.

Su formación comenzó en Walcourt, antes de entrar como cantor del coro de la catedral de Amberes, en la cual completó sus estudios musicales. Luego residió en Bruselas y Lieja.

Ya en París, fue violinista de la orquesta de Alexandre Le Riche de La Pouplinière. Entre 1762 y 1770, en carácter de maestro de música, dirigió el teatro de Louis Joseph de Bourbon-Condé, Príncipe de Condé, en Chantilly. Después, sirvió como intendente de música del príncipe de Conti, Louis François Joseph de Bourbon-Conti.

Fundó el Concert des amateurs en 1769, el cual dirigió hasta 1773. Entre 1773 y 1777, ofició como director del Concert Spirituel (una sociedad parisina, organizadora de conciertos). En 1780, fue nombrado subdirector de la Ópera de París y, tras la dimisión de Antoine Dauvergne en 1782, ocupó el cargo de director general, aunque sus poderes estaban muy limitados por la pugna entre el secretario de Estado y el comité de artistas. En 1784, dejó estos cargos para dirigir el nueva Real Escuela de Canto.

Durante la Revolución francesa se hizo muy popular y llegó a ser conocido como el músico oficial de la Revolución y se le consideró el inventor de la “música democrática y del arte coral popular”. Por esta razón, cayó en desgracia con la Restauración borbónica.

La Missa pro defunctis, también conocida como Grande Messe des morts o Requiem (1760). Es una obra novedosa, de gran belleza, que influyó en el Réquiem de Mozart y también en la Grande Messe des morts de Hector Berlioz.

Uno de los muchos mitos sobre el Requiem de Mozart es el de su originalidad absoluta, casi sobrehumana. Mito que lo convirtió en un arquetipo desde poco después de su muerte hasta nuestros días. Las investigaciones sobre la música revolucionaria francesa dieron a conocer hace una docena de años la Missa pro Defunctis (1760) de François-Joseph Gossec (1734-1829), una obra que gozó de un inmenso prestigio en su época y continuó interpretándose hasta 1814. Las semejanzas entre la Misa en do menor, el Requiem de Mozart y la Missa pro Defunctis de Gossec son palpables y no dejan resquicios a la duda, y sólo aparecen en los números que compuso Mozart, no en los de Süssmayer.

Nada tiene ello de sorprendente, Mozart había conocido a Gossec en París en 1763 y volvió a frecuentarlo en su segunda estancia en París en 1766, como nos revelan las cartas a su padre en las que afirma que Gossec era muy buen amigo suyo. Veinte años después, en una carta a su padre (12-IV-1783), Mozart comentaba su admiración por Gossec, concretamente por haber conservado la mejor tradición de la música religiosa. Por otra parte, la biblioteca del barón von Swieten, que Mozart frecuentaba, poseía un ejemplar de la edición de 1774 de la partitura de la Missa pro Defunctis de Gossec, lo cual dio a Mozart ocasión de estudiar una obra que probablemente recordaba de sus años infantiles.

La edición del Requiem de Mozart convirtió a esta obra en el ideal de la música religiosa del romanticismo al grado de ejercer de plantilla sobre la que trabajaron los compositores de las generaciones posteriores sus propias misas de réquiem, a menudo con evidente contenido político como en el caso de dos espléndidas composiciones ibéricas: la Messe de requiem consacrée à Camões (París, 1819) del portugués João Domingos Bomtempo (1775-1842) y el Requiem (1816) del brasileño José Mauricio Nunes García (1767-1830), ambos promotores del estreno del Requiem de Mozart en Lisboa y Río de Janeiro. Menos conocidas son las circunstancias de las interpretaciones españolas del Requiem de Mozart en España, también vinculadas a la causa liberal al igual que diversas composiciones del mismo tipo.

Por su parte, Venanzio Rauzzini (1746-1810), compuso un bello Requiem (Londres, 1801) en memoria de un adolescente que en 1773, tras el estreno de Lucio Silla, había quedado prendado de su inteligencia y de su maravillosa voz y había escrito para Rauzzini el Exultate jubilate K. 165.

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