*A Serpina penserete de "La serva padrona".

La guerra de los bufones


a ópera francesa inicia su historia alrededor del año 1660. En 1671 se constituye, con permiso real, la "Académie", la Ópera Nacional. Su primera obra fue la hoy olvidada Pomone, de Cambert. Muy pronto se apodera de la "Académie" un músico italiano y de fantástica carrera, quien después de convertir al francés su nombre -Jean Baptiste Lully- llegó a ser el primer clásico de la ópera francesa. Importante papel en la evolución de esta rama lírica tiene también Jean Philippe Rameau, que a principios del siglo XVIII publica una gran serie de óperas. Las óperas de Lully y Rameau eran la música oficial de la corte francesa, y consecuentemente, eran identificadas con el poder, la tradición y la inercia. Fue París la ciudad donde más que en ninguna otra chocaron, con violencia hoy desconocida en cuestiones de arte, la tendencia italiana y la nacional.

La llegada de un grupo teatral de cantantes italianos a París inició un nuevo movimiento cultural. Los bouffons (cantantes cómicos) italianos representaban comedias sobre gente ordinaria, no los héroes clásicos de la antigüedad retratados en la ópera francesa. Reformadores, pensadores y hasta la reina celebraban a los italianos; el Rey y su partido defendían la música francesa. La obra de Pergolesi La serva padrona fue la que provocó lo que realmente puede llamarse una batalla o, más aún, una guerra. Los que en 1752 tomaron el partido de los italianos titulábanse bufonistas, del término buffo, que significa cómico, palabra con la cual se entendía el género típicamente italiano, humorístico o burlón de la ópera; sus adversarios eran los antibufonistas. Y éstos consiguieron la expulsión de la compañía lírica italiana, dos años más tarde. No podían, sin embargo, impedir que el germen arraigase en Francia; nació la opéra comique, cuyas primeras figuras de importancia fueron Rousseau, Duni, Philidor, Monsigny y Grétry. La misma lucha había de reanudarse más tarde cuando Gluck presentó sus obras en París. Una vez más se formaron dos partidos que se trabaron en violenta lucha: los gluckistas, adictos a la reforma de la ópera representada por el músico alemán, y los piccinistas, admiradores de su rival italiano Piccini, que no eran sino los sucesores de los antiguos bufonistas.