*Trauermarsch.

Sinfonía nº 5 en Do sostenido menor

 

l comienzo de la composición de la Quinta Sinfonía marcó el principio de un nuevo capítulo en la obra total de Mahler.  Pero en todos sus aspectos -intelectual, musical, arquitectónico, armónico y de textura- surgen elementos nuevos. Estos son de gran importancia para la Quinta, Sexta y Séptima sinfonías, que constituyen un subgrupo dentro de la obra sinfónica de Mahler. La Cuarta fue completada en 1900 y la Quinta escrita durante los dos años siguientes. Nada se sabe respecto a experiencias que pudieran explicar su nueva forma de expresarse. No existió ningún problema externo o transformaciones íntimas que durante ese período puedan explicar su nueva modalidad expresiva.

Al no haber existido factores internos o externos que hubiesen amenazado la carrera del compositor o destruído la serenidad de su espíritu, el cambio estilístico en las composiciones de Mahler debió provenir totalmente de lo más profundo de su ser, de un cambio en su personalidad. La música de Mahler es la única guía que nos ilustra sobre el cambio que se produjo en el espíritu del compositor. Antes que eso la fuente de su inspiración había sido un concepto místico de la vida y la naturaleza. Su música había sido orientada a la solución de los problemas universales. El misterio de dar vida a lo inanimado a través de medios espirituales había sido el objeto de sus aspiraciones musicales.

Pero ese tema se acabó. Lo había seguido hasta las esferas más exaltadas hasta que, liberado de todo elemento patético y dinámico, se había disuelto en cuentos de hadas, símbolos y sencillas creencias infantiles. El compositor debió empezar nuevamente, buscar otro camino. Y hubo uno que pudo tomar: el que llevaba del mundo feérico a la realidad, pasar de los sueños a una confrontación con el mundo.

Esto es lo que ofrecen las próximas tres sinfonías (Quinta, Sexta y Séptima): Ya no son más ensoñaciones místicas sino música hecha para el mundo real: sinfonías puramente instrumentales originadas en impulsos creados por la música absoluta en vez de ser obras inspiradas en conceptos poéticos.

La Quinta Sinfonía se desarrolla en una gran escala. La idea de una división en varias secciones básicas que Mahler introdujo en la Tercera vuelve a presentarse en esta nueva obra. Está dividida en tres secciones y es evidente que el Scherzo, de proporciones casi monumentales, es el movimiento más importante. No se trata de una pieza danzante o de carácter, sino en la expresión de una fuerza inflexible y una urgencia exhuberante por actuar. No son experiencias emocionales o espirituales las que mantienen la unidad de los hechos musicales de este movimiento. Lo que provoca su impactante efecto es un juego vigoroso entre fuerzas sonoras abstractas.

Las dos secciones que lo flanquean, cada una de las cuales consta de dos movimientos, deben ser consideradas en relación a él. La primera comienza con una Marcha Fúnebre en Do sostenido menor, seguida por un belicoso Allegro en La menor. El encabezamiento "Marcha Fúnebre" es la única indicación casi programática de toda la partitura. Pero, ¿quién está siendo llevado a su sepultura?. No es nadie en particular, quizás el pasado del propio Mahler, con el que cortó toda ligadura en esta manera solemne y demostrativa.

Del Allegro en La menor que sigue podría decirse que marca el comienzo de una nueva vida, con una intensa actividad que sólo puede producir resultados si se emplea hasta el último átomo de esa energía. El vigoroso, a menudo agresivo carácter de esta música, demuestra claramente que un siniestro conflicto va a tener lugar. Pero una vez que el tumulto se calma y las ondas divergentes de la textura orquestal se unen, la música sugiere un coral y no quedan dudas respecto al resultado positivo del conflicto.

Después del ya descripto Scherzo, la tercera sección de la Sinfonía comienza con un tierno y ahora célebre Adagietto cuyo objetivo estético quizás sea reintroducir al sentimiento de la contemplación después de la dominación previa de la fuerza y la voluntad. Este fragmento es conciso en su forma y fue orquestado con gran delicadeza: sólo arpa y cuerdas. Es casi milagroso que este delicado Adagietto, con su escala modesta y su sobriedad sonora, no sea ahogado por los movimientos colosales que lo rodean.

El quinto movimiento sigue sin interrupción. Se puede decir que explota en manera práctica, lo que el Scherzo presenta en forma abstracta. Emplea material musical concreto: temas, figuras y formaciones que tienen tanto espíritu como substancia. La alegría con la que se inicia el tema principal después que otros motivos han sido descartados, recuerda el buen humor de Haydn. Pero este movimiento es simple sólo en su comienzo, aunque mantiene su exhuberante alegría de vivir durante toda su extensión. No tarda en convertirse en una combinación de diseños extremadamente complejos. Mahler jamás había hecho gala de una maestría tal en la técnica del contrapunto. No es fácil analizar la estructura formal del Rondo Finale, pero no requiere esfuerzo alguno gozar del efecto provocado por esta vital expresión musical de alegría.

                                                                                             

                                                                                          Kurt Blankopf

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